Carta a Kathleen Senn
26 de mayo, 1952
Querida Kate:
Mayo está por terminar y tu recuerdo aún me duele. Estoy sentada en mi escritorio redactando esta carta, una que jamás leerás porque estás muerta. ¿Qué sentido tiene hacerlo? “Deja de echarle sal a la herida”, es lo que me dirías; fue lo que me dijiste aquella tarde en Salt Lake City cuando te comenté que escuchar a Chopin me ponía triste. He pensado mucho acerca del significado de esa frase “echarle sal a la herida”, es decir: ahondar en el sufrimiento. Dicen que hacerlo no lo cura, sino que lo hace más grande. Entonces, ¿cómo sanar un corazón roto?
Te hablé de mi madre, sobre cómo nos odiábamos la una a la otra. Cuando era niña le pregunté por qué las lágrimas son saladas. Me respondió con un gesto de manos indicándome que me largara. La aflicción del desprecio eclipsó a la curiosidad. En nuestro viaje en carretera, cuando divisamos el letrero que indicaba que estábamos a punto de llegar a Salt Lake City, la pregunta volvió a la luz. Me contestaste finalmente esa pregunta: “Porque el cuerpo tiene sal, por ende, los fluidos son salados”. Fue una revelación. Una vez me dijiste que lo que más te gustaba de mí era mi semblante triste. Soy esa clase de personas cuyo semblante melancólico es natural, fijo; incluso al sonreír o reír luzco triste. Sin embargo, no me sentía así, sino insípida, como despersonalizada del mundo. Si somos organismos salados, seres tristes, yo no saboreaba la sal.
Sin embargo, fue hasta que te conocí que la vida comenzó a tener color. Fui feliz durante esos dos años que estuvimos juntas. Hay personas que son como la sal, le dan sabor a la insípida vida de un cuerpo acostumbrado al aburrimiento y a una melancolía indolora. Incluso resultaba agradable cuando la música me hacía sentir la bilis negra de mi cuerpo. Decías que dejara de hacer eso, y me citaste a Flaubert: “Cuidado con la tristeza, es un vicio”. Pero en mi felicidad no me di cuenta de tu tristeza, y decidiste terminar con tu vida cuando, en aquella mañana del treinta de octubre, entraste al garage, cerraste la puerta e invocaste a la muerte dulce. La felicidad se fue. Mi semblante perenne tenía ahora una razón de ser, y la tristeza pasó de ser agradable a dolorosa
La tristeza es incómoda, una “languidez desagradable” como la llamaba Descartes. La incomodidad te obliga a moverte, y yo quería sacudirme el sentimiento, más que nada, dejar de sentir. Cómo volver a ese estado, cómo encontrar consuelo en el ser amado si está muerta. La felicidad no debería aparecer en la vida de uno si más tarde se irá. El precio que pagué por la sal en mi vida fue haberte perdido.
Pero hace tiempo entendí que buscar constantemente limpiar la tristeza es peligroso. A principios de marzo, en medio de mi duelo escribí acerca del dolor, buscaba una constante catarsis porque la tristeza no se iba. Regresaba una y otra vez, y elegía tras elegía trataba de enterrarla, de enterrar tu recuerdo. Escribir por horas da sed, y mientras lo hacía, bebí tanta agua que enfermé. La fiebre escritural llevó a que me provocara otra fiebre que me dejó tumbada en cama. Se dice que el agua purifica, pero en exceso disuelve el sodio del cuerpo. Aunque olvidé mi tristeza por una semana, los espasmos hacían que mi cuerpo se retorciera. Pasé de ser una mujer triste, a una mujer sin sal. Tiempo después, mi cuerpo restableció el sodio en la sangre, entonces el duelo volvió.
Qué ironía haber perdido la sal de mi vida, pero que mi cuerpo no fuera capaz de vivir sin ella. Recordé entonces tu respuesta: “las lágrimas son saladas porque el cuerpo tiene sal”. La tristeza se manifiesta de muchas maneras en el cuerpo, en las lágrimas, especialmente. Sin sal en mi cuerpo, no era capaz de llorar. Si la tristeza no es capaz de salir, el cuerpo enferma. Pienso en la mujer de Lot, en que se convirtió en una columna de sal por haber mirado hacia atrás y contemplar la destrucción de Sodoma y Gomorra. Más que un castigo, fue una purificación de su pecado. Incluso dicen que la sal aleja a los espíritus y a los demonios. Si en la sal se manifiesta la tristeza es para purificar una herida que sangra y late hasta que se cicatriza. Por más que duela y asfixie, hay que dejar ser a la tristeza.
Había maldecido el momento en que te conocí: cuando trabajaba en los almacenes de juguetes de Nueva York y te vi entrar en la tienda, con tu porte noble y silueta seductora bajo aquel abrigo de visón, y me miraste sólo para sacarme del ensimismamiento. Sin embargo, ahora bendigo ese momento, porque para valorar aquellos días felices tenía que atravesar el quebranto. Sentir algo es mejor a no sentir nada, lo que es lo mismo a estar muerta en vida. La felicidad y la tristeza son como la sal. La primera le da sabor a tu vida, mientras que la segunda duele, pero, cuando se manifiesta en su estado líquido alivia el dolor. Es cierto, llorar no soluciona nada, no devuelve aquello que el alma ha perdido ni repara un corazón roto, pero al menos alivia la herida. Tu pérdida siempre me dolerá, y quizás la herida nunca se cierre, pero al menos ya cuento con el bálsamo, sólo basta con tener algo de sal en el cuerpo.
Desearía terminar con un “hasta luego”, pero, por obvias razones, no habrá un luego para nosotras, querida. Sólo diré esto: Te extraño.
Pat Highsmith
P. D. Aún conservo las plantas que me regalaste, trato de no ahogarlas cuando las riego, como me ocurrió la primera vez.
Susan Vázquez Mellado Camarillo
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