CUESTIÓN DE ENFOQUE
Un
escritor es aquel sujeto que ha descubierto la chispa de la vida e intenta día
con día traducirla a las palabras. La gran trampa es creer que para escribir
hay que nacer con unos lentes mágicos que nos hacen ver las cosas de manera
distinta. La verdadera llave maestra es cambiar el enfoque con el cual miramos
alrededor. En este camino no hay métodos precisos ni atajos que nos lleven un
poco más rápido a la meta; se trata de ritmo, de jugar con el vaivén del
trabajo y el descanso: contemplar al mundo para poder escribirlo. Por eso, la
próxima vez que alguien nos pregunte ¿Cómo es que se supone que trabajamos
cuando observamos por la ventana o cuando reímos a carcajadas? Podremos decir
con total libertad que capturamos las memorias precisas para jugar con las
palabras. Todos tenemos derecho a detenernos a vivir de lleno y entender un
poco del mundo que un día habremos de escribir.
Aquel
que se ha internado en el caos que implica escribir, intenta hacer retratos
cada vez un poco más precisos del mundo que le rodea. Impresiones variadas del
arte que implica existir bajo la condición de ser humanos. Antes de pensar si
quiera en jugar con combinaciones de palabras y signos hemos de aprender a
analizar al mundo, a observarlo en su cotidianidad y descubrir lo más bello de
él y sus cualidades de aparente ordinarias. No se
trata de un chispazo de inspiración que nos revele las verdades universales
sino de detener la mirada en los recovecos más impensables, y extraer de ello
la experiencia necesaria para escribir la vida desde un panorama infinitamente
personal.
Mirar
al mundo, y me refiero a mirar de verdad, con todos los matices que incluye, suena como una tarea fácil, sin embargo, hay pocas cosas tan complicadas como
develar la experiencia propia e intentar compartirla. Las percepciones que se
tienen respecto a la existencia se intentan traducir a lenguajes comunes que
puedan llevar nuestra voz a otros; a través de las letras.
El
escritor, se reconoce como tal, una vez que aprende la importancia de las
pausas para contemplar al mundo, para conocer de frente a su principal objeto
de estudio. El proceso creativo comienza
desde el momento en que miramos a la ventana y observamos las historias
que se esconden en las familias de pájaros, los secretos escritos en las hojas;
cuando descubrimos como nos quiere el otro; cuando traducimos los lenguajes
particulares; cuando entendemos que la felicidad se esconde en un café. En
pocas palabras cuando entendemos la vida como un ritual mágico y digno de ser
retratado a través de las palabras.
A eso
iba cuando hablaba de la complejidad al explicar al otro las maneras peculiares de trabajar de un
escritor, y de todo aquel que se dedique a desentrañar las peculiaridades de
reconocernos como seres humanos. No hay manera de que trabajar, para un
humanista, se reduzca a las horas de tecleo frente a la computadora. Hay en
estas labores un trabajo similar a la alquimia, en el cual se intenta convertir
todo aquello que vivimos en oro y a en magia partir de saber observarlo con los
lentes correctos. La verdadera esencia esta en saber poner el enfoque adecuado ante los pequeños detalles del diario vivir para entregarlo de regreso a través
de letras y textos.
La
magia se encuentra en los encantos mas diminutos, en observar por la ventana
cada día al despertar; iniciando así cada jornada de trabajo creativo. Escribir
es cuestión de estar vivo, y tener ganas de gritar en silencio aquello que nos
estruja el alma. Se requieren pausas para contemplar la vida misma. Observar es
ambiguo; es trabajo y descanso, es la inspiración y la acción. Se trata de
jalar los hilos de la manera precisa en que atrapemos el mundo con la mirada y
sepamos traducirlo para que otros lo lean. Lo más importante es jamás perder las ganas de
mirar lo que sucede frente a nosotros, y sacar de ello las musas y las historias que se
necesitan para escribir cada día.
Lilia Mariana Pacheco Llamas
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