De camino
Marco Amauri Lara
Rosas
20 de mayo de 2022
Hace
poco leí una cita de la cual no recuerdo ni el autor ni el lugar donde la encontré,
solo recuerdo que decía más o menos así: “Los lugares sagrados nos permiten vivir
una historia de todos en primera persona”. Al menos yo considero que esto es
cierto. No obstante, tras reflexionar sobre las implicaciones
de esta frase, me fue imposible dejar de centrarme en la idea (y de cuestionarla)
acerca de lo que entendemos por la categoría de “lugar sagrado”. Pronto comprendí
que el conjunto que abarca el universo de los lugares sagrados es totalmente
injusto. Un lugar sagrado debería ser lo mismo la tiendita de la esquina que
las Pirámides de Teotihuacán, una panadería que la Basílica de Nuestra Señora
de los Dolores de Soriano o una lonchería que el Popocatépetl. Pero, antes de que
se me acuse de ser un ateo o un panteísta de cuarta, quiero explicar el verdadero punto
de mis cavilaciones y decir que la dichosa cita es tan solo un pretexto para
exponer una historia de mayor gravedad. Y es que considero que en la mayoría de
las ocasiones la peregrinación resulta aún más reveladora que el sitio a donde
nos dirigimos, en el ida y vuelta de nuestro andar también se revela esa historia
de todos de manera sorprendente. Por eso, hoy quiero relatar lo que me aconteció
de camino a la tienda y lo que allí me encontré.
Era
un domingo por la mañana, aún no terminaba de despertar y desde la concina llego
a mi cuarto la orden expresa de mi madre de tener que ir a la tienda. No hubo
forma, ni tiempo de protestar. Cuando menos acordé, ya me encontraba fuera de
casa con mis chanclas puestas camino a cumplir el mandato por una calle donde
ni siquiera había banqueta. En el camino, tuve que esquivar tres o cuatro heces
de perro, dos de vaca y una presuntamente de caballo, esquivar un par de cables
rotos que colgaban entre la maraña que sostienen los postes de la luz y uno que
otro sediento árbol de limón o de eucalipto sembrados a la mala por donde en
teoría deberían pasar los transeúntes sin correr el riesgo de que la camioneta
del lechero los atropelle. Y entre que me vi obligado a alternar mis pasos entre
el asfalto de la carretera y la tierra de las orillas o del concreto (en los
tramos que sí había), un camión de volteo pasó a mi diestra soltando por el
escape una estela de humo negro del que tuve que haber respirado por lo menos
la mitad. Sin embargo, era tanta mi molestia de ver perturbados mis planes de
reposo, que no preste en el momento mayor aprecio a los detalles de mi travesía
y menos me llegó a turbar el estado de las cosas exteriores dado el fastidioso ensimismamiento
del que era presa en esos momentos.
Llegado
a este punto me dispuse a completar la mitad restante del camino, solo tras un breve respiro. Pronto crucé el viejo puente que esquiva el rio de aguas negras-verduscas,
el mismo rio donde cuenta mi padre llegó a nadar en su niñez entre aguas
cristalinas, contemplar flora y fauna de toda clase, saciar su sed con agua de
los manantiales y su hambre con los frutos de los huertos que alguna vez bordearon
el largo de su cauce. Más adelante, casi al llegar a mi destino divisé a una
pareja de caninos haciendo escandalosamente el amor a la mitad de la calle y a
otra de su misma especie hurgando las bolsas de basura que lucían regadas por todas partes. Ya para doblar en la
esquina que da a la tienda, alcé la vista solo para caer en cuenta de que la obra
para reacondicionar un tramo de la avenida principal del pueblo aún no había
terminado, a pesar de haber comenzado esta hace casi medio año. Nada de eso importó,
al fin había arribado a la tienda, pero la sospecha de que ocurriera una
desgracia aún mayor de la que ya era participe se terminó por confirmar.
Ya
en mi lugar de destino, al momento de pagar los productos que previamente había
escogido y reunido en el mostrador, me topé con el temido “¿No tendrá cambio,
joven?” por todos los que son mandados a
compra un kilo de huevo y otro de tortillas con solo un billete de 500 pesos. Y
no es que el huevo y la tortilla sean los productos más baratos en la
actualidad, en el mejor escenario los marchantes se encontraran con la sorpresa
de que la suma de esos dos productos resulta en un total de 80 o hasta 90
pesos, sino que los tenderos protegen con un celo pasmoso el cambio del que
disponen para no verse ellos más adelante en la penosa situación de en verdad
no tener cambio. Ahora sí, molesto, me fui con mi billete a la tienda de al
lado. No obstante, para impedir que ocurriera de nuevo el acto del “¿No tendrá
cambio, joven?” “Fíjese que no tengo -se rasca la cabeza-, es lo único que
traigo”, me previne ordenando dos bebidas energéticas y una salsa cátsup adicionales
al huevo y a las tortillas, en una de las compras más innecesarias de mi récord
personal, adicionales al huevo y a las tortillas.
Una
vez concretada la compra, pasé a comprar unos jugos de naranja al puesto de
enfrente. No había terminado de ordenar mis jugos, cuando un teporocho me
abordó por el costado derecho y me pidió, eso sí de forma amable, cinco pesos
para curarse la cruda ¡Y me los pidió a mí que para ese entonces lucía igual o
peor que él! Pero, lo confieso, mi voluntad de malgastar otro peso más
desapareció cuando hicimos contacto visual. Al fin de cuentas yo también he
sufrido los embates de una cruda mortal, además de que me terminó por convencer
su queja referente al alza de precio de las bebidas alcohólicas. Me dijo que
para comprar el aguardiente más económico del mercado antes bastaba con 20
pesitos y que ahora se ocupa el doble. Entonces supe que no era el único
disconforme. Mi inesperado compañero, me dio las gracias, me echó la bendición
y se fue a comprar la cura para su enfermedad en su presentación de botella de
plástico con gradación etílica al 43 por ciento, trazando a su paso una línea
semirrecta casi horizontal como la de los cangrejos.
En
fin, ahora que analizo a la distancia la totalidad del trayecto de mi
peregrinación que va de mi casa a la tienda junto a la suma de situaciones que
me planteó, llego a la conclusión de que al inicio iba disgustado por el
encargo de mi madre y terminé enojado con el mundo, con la vida, con mi país,
con mi pueblo y con todos sus habitantes, con el presidente municipal, con los
perros callejeros, con la contaminación, con la crisis económica, con las
calles y sus banquetas inexistentes, con el cableado público, con los camiones
que no pasan la verificación vehicular, con los tenderos abusivos, con los
viciosos y conmigo mismo por no ser capaz de hacer algo al respecto, por
dejarme absorber en un ambiente donde el sin sentido reina con total
arbitrariedad…¡Así no se puede existir! Claro que llegué a dicha conclusión con mucho
esfuerzo y tras largas reflexiones que ocuparon mi mente las últimas tres
semanas en la aparente tranquilidad de mi sala; lo cierto es que al momento de
completar mis compras y librarme de todos aquellos obstáculos, me di cuenta de
que aún faltaba el camino de regreso.
Estoy sin palabras. Me encantó la fluidez de tu texto, es muy ameno. Hubieron frases tan... ¿Podría decir "universales"? Como: "Pronto comprendí que el conjunto que abarca el universo de los lugares sagrados es totalmente injusto", creo que se debe al tono y a que tu voz al redactar es realmente tangible.
ResponderEliminar"la peregrinación resulta aún más reveladora que el sitio a donde nos dirigimos", me gustó mucho esa imagen.
La última oración, me regresó al inicio del texto. Se sintió muy redondo.
Espero muy sinceramente, volver a leer uno de tus textos :3