El difícil acto de pensar

“Cómo le explico a mi familia que cuando estoy recostado mirando por la ventana, estoy trabajando”

 

            Nuestro cerebro trabaja veinticuatro horas al día, todos los días del año. Aunque intentemos descansar, nuestro cerebro sigue trabajando, pensando. Eso no quiere decir que haga bien su trabajo. Porque el cerebro, cuando se pone a pensar, se tropieza con obstáculos que, en el mejor de los casos, lo bloquea. Es una batalla contra la incertidumbre, en la que el cerebro revive conversaciones, analiza decisiones y se preocupa por situaciones hipotéticas. Motivo por el que el cerebro tiende a enfrentarse a sí mismo. Situaciones en las que es mejor apartarse y pensar. 

Pensar, sacar conclusiones, reflexionar con profundidad nos define como ser humanos. Es evidente la relación cercana y dependiente que hay entre la psique, las emociones, las conductas y la salud física. Se influyen y afectan de forma reciproca. Situaciones como el dolor crónico, la falta de trabajo, una ruptura sentimental o esperar en la fila generan pensamientos negativos. “Estoy harto”, “no puedo más”, “el dolor es insoportable”, entre otros pensamientos negativos. La mente puede ser una gran aliada, pero también un mayor rival.

            Solemos culpar al entorno, a lo que sucede a nuestro alrededor. Lo reconocemos como la razón de nuestra inquietud y sufrimiento. La pregunta es ¿el entorno genera el dolor o son las interpretaciones de lo que sucede alrededor lo que influye y limita las emociones de una persona? La realidad es que los pensamientos influyen constantemente en nuestro comportamiento y en nuestras emociones. Tienen el poder para influenciarnos, tanto positiva como negativamente. No somos conscientes de como los pensamientos influyen y determinan nuestra vida. Todo pensamiento provoca un sentimiento y una actitud que impulsa a nuestras conductas. Su influencia construye caminos. Lo que nos decimos a nosotros mismos, nuestros juicios e interpretaciones, es decir, nuestro diálogo interno, provocan directamente nuestros pensamientos y, por ende, nuestras emociones.

Muchas personas dicen tener la cabeza como una licuadora. Un conjunto de ideas, miedos, discursos aterradores o pensamientos que no paran de dar vueltas en la mente. Se sienten atrapados entre las palabras, incapaces de pararlas, ignorarlas o desarrollarlas. Por eso, algunas personas odian relacionarse consigo mismas, porque lo que sus mentes dicen les causa una gran angustia y preocupación. Así, una persona es en gran parte la responsable de lo que siente. No es el entorno el que genera tal ansiedad, sino la interpretación que uno hace del entorno. La persona es la responsable, la que tiene el control para actuar sobre lo que siente. Muchos desearían escapar de todo y seguir culpando de su dolor a la sociedad, al entorno. Pero esta opción limita y agota.

El mundo no es de color rosa, pero tampoco un lugar negro y hostil. A lo largo de nuestra vida hay momentos en los que todo nuestro mundo cae. Una de nuestras primeras reacciones es llorar. Y, en muchas ocasiones, es una reacción emocional justificada, pues no podemos evitar que nos pasen cosas malas. Hoy en día, la realidad de la vida para nosotros es agotadora y complicada. Aunque no tengamos ningún problema, podemos sentirnos agotados emocional y mentalmente. Cuando no sabemos manejar nuestras propias emociones de una forma saludable puede ser la causa nuestra angustia, preocupación o ansiedad. A pesar de no tener alguna razón, llorar algunas veces puede ayudar a aliviar momentos difíciles. Al final, nuestras emociones tienen un propósito, que es darnos información sobre nosotros mismos y cómo nos sentimos para tomar decisiones que cambien las cosas.

Son simples palabras, verbos. Pensar, sentir y hacer. La habilidad de estos verbos es poseer todas las acciones humanas e influir en ellas. Las acciones de estos verbos están profundamente relacionadas y se influyen o afectan mutuamente. Es decir, pensar es la creencia o idea que genera la actitud o predisposición con la que afrontamos las cosas, nuestros problemas. Sentir es la emoción agradable o desagradable que impulsa en nosotros ciertas conductas. Y hacer es la conducta que elegimos.

La forma de pensar sobre ciertas situaciones tiene un valor importante porque puede influenciar y limitar nuestra forma de actuar, de expresar nuestras emociones y de relacionarnos con los demás. Todos tenemos un diálogo interior con nosotros mismos, si ese diálogo no se adapta del todo a la realidad creará en nosotros emociones negativas y desagradables. Como dice Stephen Crane “El que puede cambiar sus pensamientos puede cambiar su destino”. Un pensamiento tiene el poder de cambiar nuestro estado de ánimo. Somos responsables de elegir pensar de forma negativa o positiva. Una persona positiva es consciente de las debilidades que puede haber en uno mismo y en los demás. Y, aun así, lograr dirigir la atención hacia los aspectos positivos.

Andrea Sofía Garay Valdés

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