El recolector de memorias
El recolector de memorias
Aquella tarde de julio,
caminaba con un ramo de flores blancas en los brazos buscando la tumba de mi
abuelo. Los cementerios siempre me transmitieron una sensación de pesadez. Algo
tenía que ver con que los recuerdos de distintas vidas, tan diferentes entre
ellas, descansaban ahí. Yo caminaba entre piezas que conformaron la historia,
que dejaron su legado en este mundo y que ya no están entre nosotros. Después
de un rato, encontré la lápida con el nombre que buscaba: Crescencio Vélez.
La roca abrazada por el moho
verde estaba desgastada por el tiempo. Como pude, limpié las hojas y polvo que
cubrían la cubierta de granito, vacié el agua que llevaba dentro de las
jardineras empotradas y coloqué las flores. Cuando hube terminado mi labor, me
quedé de pie frente al sepulcro. Mi mirada estaba fija en el nombre de mi
abuelo y en el epitafio que rezaba: “Bienaventurados los pobres en espíritu,
pues de ellos es el reino de los cielos. -Mateo 5:3”.
Mi abuelo fue una persona
devota, lo tenía muy claro desde pequeño. Pero esa vez, viendo su lápida, mi
mente divagó en preguntas que pocas veces me había formulado. ¿Cómo fue su
vida? ¿Cómo conoció a mi abuela? ¿Qué le gustaba comer? ¿Cuál era su gran
pasión? Yo apenas lo había conocido; todo lo que sabía de él era porque mi
madre me lo había contado. Gracias a esto él seguía vivo, por lo menos en mi
mente. Mas, como ya dije, estar ahí, frente a su tumba, me hizo percibir su
recuerdo de una forma distinta. Porque ahora yo era él: un infante regordete
gateando por el corredor, un campesino juvenil labrando el campo, un adolescente
moreno flirteando con la jovencita que conoció en el mercado. Mi mente
imaginaba una vida que no era mía, y no tuve manera de detenerla. Toda duda que
alguna vez tuve de mi abuelo se contestó al instante con memorias que había
olvidado y con suposiciones que jamás me había hecho. Llegó también el momento
de mi muerte, y vi a personas llorando, frente a mí, vestidas de negro.
Entonces la luz se fue de mis ojos; me había ido.
Levanté la vista, un poco
conmovido, y volteé a ambos lados de mi entorno. Filas y más filas de lápidas y
monumentos se alzaban del suelo. Unas más cuidadas que otras. Figuras de seres
celestiales esculpidas en pedernal, mármol y granito. Memorias inmortalizadas
en la roca. Aguas estancadas de las jardineras desatendidas y nombres borrados
por el olvido del tiempo. Caminé, pues, hacia mi lado izquierdo, sobre los
caminos regados de lágrimas. Mientras andaba los senderos que muchos ya han
pisado, leía los epitafios de las lápidas de desconocidos que ya no lo eran
tanto, porque leer sus nombres me daba la sensación de la cercanía que nunca
tuvimos. Yo vivía sus vidas y la de sus seres queridos. Era como un recipiente
en el que cada difunto depositaba sus recuerdos, o al menos así lo sentía.
Caminaba por piezas de historia condenadas al olvido. A menos que de quien se
tratase hubiese sido una persona ilustre, cuyo nombre mereciera ser escrito en
los libros de historia.
Cuando llegué a la salida del
camposanto, el sol ya había pincelado de naranja el lienzo azul del cielo, y yo
ya había vivido guerras, enfermedades, enojos, aventuras, amoríos, crímenes,
desastres, llantos y los picos más altos de la felicidad humana. Entonces vino
a mi memoria una frase que alguna vez leí de Luis García Montero: “Los lugares
sagrados nos permiten vivir una historia de todos en primera persona”. Y aquel
cementerio lo era, un punto sagrado, en donde descansaban las vidas extintas
que conformaron la crónica del tiempo. Y yo, un hombre de imaginación vívida,
que solo había acudido a dejarle flores a su difunto abuelo, me había
convertido en un recolector de memorias que vivía la historia de todos los que dormían eternamente, en
primera persona.
Emmanuel Barajas Salmerón.
Me encantó tu texto, es muy interesante la manera en la que propones los lugares sagrados. El sentido anecdótico de tu texto es muy interesante, me gustó bastante el cambio que haces para conectar y abarcar todo el sentido de lo sagrado del cementerio, recapitular todo lo que se ve y lo que pudieron haber vivido los que ahí descansan da la sensación de estar ahí, de sentir la anécdota personal. El párrafo final hace una pequeña síntesis maravillosa de todo lo que mencionas en el texto y el cierre ha sido de mis partes favoritas. Muchas gracias por tan grata lectura.
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