El silencio artístico

 

Muchos consideran que el abolengo del arte son las musas, pero al menos yo, considero que es el silencio. Más allá de un momento de quietud, el silencio crea y le da forma a la manera en el que el teatro, la música, la poesía, entre otros, existe. De no ser por esta condición tan desapercibida por el hombre, la música sería el ruido, la actuación no existiría y la poesía se reduciría a un simple conjunto de letras. Quizá si nos diéramos la oportunidad de guardar más de un minuto de silencio, entenderíamos la importancia del mismo

Melancólicos violines y grabes bajos lloran al compás de las trompetas y clarines quienes soplan furiosos; así mismo, la familia de percusión marcha firme cuando el imponente piano de cola pone orden y acto seguido, es la dulce arpa quien calma aquel alboroto dando paso al sonido más importante de toda la orquesta: el silencio.  Al fin y al cabo ¿qué sería de una buena composición sin aquellas pausas que le distinguen del ruido simple? Bien es cierto que las canciones se componen de ritmo, melodía, armonía y matices, sin embargo, el humor del arte se asoma cuando uno entiende que, para gozar de este, primero se deben respetar los mutismos que le dan forma en su totalidad. No es que la música sea ruido precioso, sino que la música es el ritmo del silencio. Cuánta ironía existe en que la cuna del orgasmo auditivo, sea el silencio.

Aún si no fuera suficiente, el imponente peso que trae consigo el callar, también es cargado por la expresividad del teatro. La tendencia en el escenario y fuera de él, es llenar el sigilo con gestos (inconscientes) y, sobre todo, con la palabra. De hecho, lo que llamamos la magia del teatro ocurre gracias al silencio:  los actores se encuentran casi vacíos de sí mismos y se llenan de lo que ocurre a su alrededor, son receptivos al impacto que causan en ellos mismos los demás, con sus palabras, sus gestos o sus propios silencios. El silencio es un canal abierto a que pueda ocurrir cualquier cosa, es estar presente desde más allá de la mente y la acción cotidiana, es estar presente con conciencia y apertura para permitirnos darnos cuenta de todo lo que pasa, cuando supuestamente no pasa nada y todo puede suceder. La importancia que gana cada lágrima, risa o exclamación arriba del escenario, se mide conforme a su impacto en el público que calla.

Finalmente, me gustaría hablar del silencio poético. La poesía es un modo del habla, y se debe admitir que al habla la precede la actitud más reverente del ser humano: callar. Tal vez, el silencio es un estado vital donde germina la comunicación. En el silencio, el poeta haya la tinta con la que plasma sus letras y el lenguaje escrito es subsecuente; no hay sonidos para contemplar, y es aquí donde el poeta hace una reverencia hacia el papel y transforma palabras en cantos. El silencio poético va más allá de las pausas dentro del ritmo del verso ya que es un vehículo predilecto para la musa del escritor.

Quizá no todos valoren los momentos de quietud durante del proceso artístico, sin embargo, son estos quienes le dan oportunidad a la creación del propio arte. El ritmo del silencio es quien le da forma a la música, y por ello, son las muteses melodiosas las madres de esta. No solo eso, sino que, en el teatro, el acto de callar es la llave para percatarse de todo lo que pasa dentro y fuera del escenario; de ahí su dramática importancia. E incluso en el proceso poético, el silencio es la semilla para el fruto de las musas. Definitivamente, es el silencio aquella herramienta primordial para la creación del arte en todas sus expresiones.

Alexia Ibarra Martínez

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