El
mundo de los hombres no es más que un pensamiento de Dios
Jorge.
A. Viniegra
"Inventamos las ficciones para poder vivir
de alguna
manera las muchas vidas que quisiéramos tener
cuando
apenas disponemos de una sola"
-Mario Vargas Llosa-
Para nadie, o por lo menos para nadie con un mínimo
acercamiento al rubro sabe bien que el arte es una amenté poco cálida y dada
comúnmente al desaire, las musas son pues criaturas extrañas cuya aparición embriaga
a los autores y les llena de euforia, su visita es un momento especial ya que
por un monto pareciera que hemos capturado a nuestra amante en un extraño
momento de lujuria y excitación, dispuesta a envolvernos entre sus brazos cual
doncella que recibe a al amado caballero tras volver de las cruentas cruzadas. Y
es que si tal sensación causa la visita de la musa entonces no debe de
sorprendernos el vacío que esta deja tras su partida, de aquella visita queda
un exaltado recuerdo de productividad, un fragmento de memoria en el que fuimos
buenos amantes y ganamos terreno sobre la eterna batalla que es el crear. Y si su
presencia nos hace dioses, su ausencia nos hace adictos, ida la musa el arte
nos recuerda la crueldad de la que es capaz, y en un intento por recuperar lo
perdido aquellos que han saboreado las mieles de la inspiración espontanea se
fuerzan la vida intentando buscar o bien llamar de nuevo a la musa, o bien
replicando el dulce encantamiento que ellas producen.
El arte en general es una cruel amante, pero no
hay hija del arte más cruel que la literatura, tanto para el autor que busca
conquistarle y yacer por lo menos y aunque sea por un fugas momento en su lecho, como para quienes le
rodean, pues el escritor es quizá el artista menos glamuroso de la historia. Cuando
se piensa en el artista no como un oficio y más como una historia de amor trágico
en primera instancia se piensa en los músicos como estos apasionados del instrumento
que viven una dramática telenovela con su metafórica amante, una turbulenta relación
que les empuja a los limites más excitantes de la condición, del mismo modo los
pintores y escultores son también parte de este estrellato dramático. Para las
masas estas artes (las visuales) son las grandes tragedias amorosas que se
documentan en las paredes de los museos; mientras que la relación entre el
autor y la literatura es más bien un tímido chisme que solo los entendidos
conocen, para la mayoría de lectores solo existen las obras terminadas, aquel
producto que reposa en los anaqueles como resultado del amor consumado entre
artista y arte, pero ignoran los miles de abortos prematuros y deformes vástagos
sacrificados a las sombras de las estanterías.
Es fácil y hasta excitante ver por meses el
lento proceso de creación de un cuadro o una escultura, ya que el ojo de la plebe
puede deleitarse ante la formación de algo casi tan increíble que se acerca peligrosamente
al acto divino, un verdadero proceso alquímico en el que el mármol se trasmuta
en un momento capturado en el tiempo, un testimonio de un acontecimiento, de
una persona, un lugar, una cosa. Lo mismo pasa con la pintura si en el trascurso
de tiempo que se tardase en gestar una obra pictórica visitásemos esporádicamente
el taller del pintor, desde que se posa sobre el caballete el lienzo desnudo a
la espera de ser inseminado por la genialidad del artista, hasta el
alumbramiento de un cuadro concluido lo que veríamos seria el lento pero
satisfactorio proceso de formación, el como la nada de se vuelve belleza
tangible ante nuestra mirada. No así con los escritores cuya pasión es tan incandescente
como cualquier otro amante de las artes y en nuestra búsqueda por realizarnos desbordamos
no más que esfuerzo y talento, pero no damos al populo un espectáculo tangible
como las otras, más bien permanecemos en un aburrido siclo de trabajo que en apariencia
pareciera intangible, nuestro proceso se percibe lento e inusualmente aburrido
ya que en el mundo de la creación literario antiguo los testigos del progreso
eran no más que una pila de hojas sobre el escritorio, no obstante los
escritores de ahora están incluso más malditos que sus homónimos del pasado,
pues nuestro trabajo incompleto yace en un archivo digital oculto entre decenas
o centenas de textos que se ocultan tras una de tantas carpetas que nadie más
mira.
Hay si es ingrato el trabajo del escritor que
no solo es eludido por la simpatía del glamur sino que además es de todos el que invade
todos y cada uno de los aspectos de la vida de quien decide ejercer la profesión,
pues mientras el cerebro de un escritor siga activo este jamás dejara de trabajar. Quien
por y para la literatura vive termina inevitablemente maldito, maldito con conocimiento,
maldito con la conciencia, pero sobre todo maldito con la forma en la que
mira el mundo; la mente de un escritor mira el mundo que le rodea como un
gran relato del que él es participe, una suerte de gran novela en la que se ha
concientizado de que es tan solo un personaje más, y por eso mismo todo cuanto
mira puede ser fuente de inspiración para su propia gran historia. Como creadores
existe esta potestad del autor, una cuestionada por pensadores y filósofos como
el gran “Roland Barthes” que anuncia la muerte del autor tan pronto la obra es entregada al público, pero hasta ese momento, cunado
aun el padre o la madre que gesta sigue con vida ejerce su potestad con el fin
de retratar en su prole la visión particular e irrepetible del mundo que el
artista percibe. Con los escritores el proceso es incluso más íntimo y personal,
porque vierten sobre las paginas un universo de tinta, un universo cuyo único creador
es el autor, y por un instante el mortal es capaz de robar una chispa de
divinidad al todopoderoso; aunque por momentos los escritores se vuelven
dioses incluso así su deificación depende de aquello le ha inspirado, pues su
mundo muy pobremente nace del mismo que el mira por la ventana.
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