Entre silencios ajenos y propios
Entre silencios ajenos y propios
“Si al hablar no has de agradar, lo mejor será callar” Una frase tan compleja, pero a su vez tan llena de todo. Dicha por un personaje de Disney, es capaz de mover mundos y mentes, en especial la mía. ¿Qué tanto control tiene la gente para no soltar las cosas, por pensar en el daño que causarán? Es lamentable la enorme cantidad de comentarios que hieren nuestra esencia, y en muchas ocasiones dicho por aquellos en los que más confiamos y a los que más queremos, muchas veces sin intención pero con la suficiente fuerza para generar en nosotros represiones y un cambio de actitud. La empatía es una carencia a nivel global, como sociedad nos movemos en masa, absorbiendo actitudes y reaccionando con impulsividad.
No existe una ley que controle el daño que le causamos a alguien cuando actuamos sin conciencia, nadie nos enseña los límites de una opinión, ni hasta qué punto deja de ser un “consejo” para convertirse en un comentario hiriente. Vamos por la vida juzgando las situaciones de todos con base a nuestra experiencia, sin siquiera saber en totalidad lo que la otra persona está sintiendo, generamos una errónea ideología de lo que es el apoyo. Intentamos día a día ser mejores personas, dejar huella en aquellos que nos rodean, pero no siempre suele resultar de manera positiva.
Estamos tan acostumbrados a siempre estar presentes y querer ser el protagonista de la historia de otros, que olvidamos y dejamos de lado la nuestra; queremos salvar a los demás del hoyo en el que se encuentran, sin darnos cuenta que en muchas ocasiones nosotros mismos nos encontramos en uno completamente igual. Necesitamos empezar a ver más allá de lo tangible, pensar antes de hablar y no suponer que las personas que nos rodean necesitan de nosotros para poder sentirse mejor, pues muchas veces la presencia y el apoyo se expresa mejor cuando no va cargado de superioridad y palabras vacías, que solo generarán presión y desconfianza.
Debemos dejar de suponer que por el simple hecho de convivir con una persona podemos conocerla, en muchas ocasiones lo que conocemos no lo es todo y en otras es nada. A veces solo una máscara para, justamente, evitar que nos digan algo para hacernos sentir mejor o para no ser juzgados por lo que realmente somos. Así como existen personas a las que les gusta escuchar que todo estará bien, también están aquellas que simplemente desean vivir el duelo y existir aparentando que ya está todo bien, y cuando algo está mal, prefieren el silencio, en vez de escuchar un discurso sobre cómo deben actuar o de todo lo que es relativamente bueno dentro de lo malo.
Vamos por la vida creyendo que sabemos todo acerca de nuestros amigos, familiares, compañeros o aquellos con los que más convivimos. Pero, ¿realmente cuánto los conocemos? nada. Nunca terminaremos de conocerlos, por mucho que se abran a nosotros y nos cuenten aquello que los acompleja; ni siquiera si vivimos lo mismo sabremos lo que sienten o piensan. Es por eso que en ocasiones nuestro mejor aliado debería ser el silencio, acompañar a los nuestros con acciones y dejar de lado las palabras; pasar de ser, aquel que todo lo sabe y todo lo puede, a simplemente ser el que escucha, incluso en el silencio.
Dana Gabriela Villa Olguín
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