Fantasmas
Mi primer fantasma apareció cuando tenía solo ocho años. Caminaba de un lado a otro como si la vida se le fuese en aquel ir y venir. Lucía preocupado porque en el fondo sabía que era un fantasma a punto de fallecer. Por cada muerte uno más se unía y de un día a otro ya había fantasmas hasta en mi almohada. Cuando cumplí diez supe que no volvería a dormir lo suficiente. Vivir con fantasmas es agotador porque el eco de sus voces suena a pesar de que me encuentro dormida. Llegaba a casa y los fantasmas –aún demasiado tímidos para salir afuera conmigo- proclamaban: “te hemos extrañado, ¿lo has hecho tú con nosotros?”. Eventualmente, descubrí que no era la única que tenía fantasmas debajo de la cama; alrededor mío, había cientos de personas que llevaban como prueba miradas cansadas con ojeras a su alrededor. Cada uno de nosotros cargaba con fantasmas que, en su pobre existencia, no tenían objetivo alguno más que el de sentarse sobre nuestro cuello provocando un horrible dolor muscular. Nadie habla de sus fantasmas porque se teme que al nombrarlos ellos por fin tengan el valor de dejar su timidez y seguirnos a todos lados, incluso, fuera de casa. Buscamos ser aquellos héroes que derrotan a los fantasmas.
Desde luego, existen algunos un tanto más atrevidos. Aquellos que no se recluyen detrás de la puerta principal y se preparan para ir enredados en algún nudo de nuestro cabello. Aquellos fantasmas que han sido liberados de su timidez exagerada a cambio de encausarla en la nuestra para convertirnos en pequeños peluches de felpa, sin voz y a merced de manos ajenas. La muerte de uno de ellos no basta porque cuando ocurre, otros dos ya han sido avisados y se dirigen con prontitud a nuestro encuentro. Aún queda suficiente espacio para un par más, pues, “donde come uno, comen dos” y es que parece razón suficiente para buscar lugar también dentro de nuestros sueños. Dejamos de dormir debido a que sus murmullos se infiltran por las noches y nos mantienen en constante inquietud. Como resultado, se llevan el color de nuestras mejillas y en su lugar, dejan enormes ojeras. Nos convertimos en velas lentamente consumidas por el fuego, haciendo de nuestro declive un completo martirio.
Somos ahora como esas plantas a nada de morir por falta de agua, que se mantienen vivas porque es demasiado pronto para morir y porque morir da miedo. Nos hemos transformado también en fantasmas dentro de un cuerpo de carne y hueso. A pesar de eso, seguimos sin aceptar que la única diferencia entre aquellos fantasmas y nosotros, es que uno sigue teniendo un cuerpo físico. Quizá sea esta la razón por la que hemos dejado de temer a nuestros fantasmas. La razón por la que hemos dejado de luchar contra ellos aceptando un destino que no está iluminado. Aunque, si somos sinceros, existe una pequeña cantidad que ha tratado de luchar contra innumerables fantasmas. Personas que han asumido que esas noches de insomnio no traen beneficio alguno y es momento de finalizar con semejante tortura. Los fantasmas están acostumbrados a gobernar sobre nuestras ideas que el filo de la daga les toma por sorpresa. Pero no es suficiente con matar solo a uno, el verdadero problema es mantenerse así, asesinando fantasmas para no convertirse en uno. Un trabajo por el cual son colocados en un pedestal.
Claro, ese es trabajo para personas valientes, para esas que están dispuestas a ser constantes. Pues entendamos que la constancia ha sido un trabajo que supone todo un reto para la mayoría de las personas. Los fantasmas están seguros siempre y cuando encuentren hogar en personas que no tienen el coraje para enfrentarlos. Que se han rendido ante el hecho de ser constantes con cualquier cosa que se proponen en la vida. A los fantasmas les agradan este tipo de personas porque les ofrecen un hogar que no va a cambiar y echarlos de un día a otro. No es sorprendente entonces que cada día existan más personas con fantasmas, como se mencionó anteriormente, la muerte de uno supone la llegada de dos más. No basta con cerrar los ojos para dejar de verlos y eso es algo a lo que nadie debería acostumbrarse.
He tenido fantasmas por más de diez años, demasiado joven para recordar el rostro del primero y a pesar de eso, demasiado grande para comprender que eso apenas comenzaba. Mis fantasmas siguen ahí, me arrullan con sus susurros para que, dormida, puedan jugar libremente con mi mente. Anhelo dormir, pero temo enfrentarme a mis fantasmas, quiero descansar, pero aún me da miedo empuñar un arma. Las personas tal vez estén destinadas a compartir su vida con fantasmas que cargan al hombro. Consumiéndose en murmullos helados y llevando ojeras marcadas por noches de insomnio. Las personas comparten su vida con almas cuya existencia se encuentra dividida entre dos mundos, llevándonos a momentos como este; donde uno tiene que escribir sobre fantasmas porque no tiene valor suficiente para vencerlos.
Gabriela Noemy Chávez Pacheco
Me encantó tu texto. Es cierto, todos cargamos con fantasmas, y aquellos héroes que se atreven a enfrentarlos son los alavados por la sociedad. Pero creo que a veces enfrentarse con ellos requiere demasiada valentía; a veces es mejor vivir con el dolor que buscar sanarse, porque esta última resulta más dolorosa. Sin embargo, creo que los fantasmas tienen cosas interesantes qué decirnos sobre nosotros mismos, y da mucho miedo escucharlos. Pero una vez que lo hacemos, tanto los fantasmas como nosotros podremos descansar, encontrar la paz, hacer las paces con ellos.
ResponderEliminarTu texto fue muy bello y está muy bien estructurado, especialmente la introducción y el cierre. Felicidades.