FLORES DE PRIMAVERA
Aquel que habló alguna vez sobre la esperanza como el peor de los males no conoce la bondad y la calidez que existe en la imaginación. Necesitamos esperanza casi como aire para respirar. La idea de un futuro que nos abrace con su afectuosidad nos lleva a avanzar, a pesar de que vayamos a tientas. Doblegarnos ante la idea de que todo puede mejorar es un acto de fe; requiere que alguna idea o fuerza nos sostenga. ¿Por qué huir de la esperanza? ¿Por qué no dejarse abrazar por ella? ¿Por qué temer tanto a la caída tras una ilusión? Por miedo. El dolor no reside en la confianza, ni en esperar cosas que anhelamos, sino en que estas nunca lleguen. Pero, duele aún más caminar en un mundo sin redención, sin certeza imaginada de que alguna cosa algún día ha de ser mejor. Hay un acto de bondad, de nosotros hacia nuestro ser, a través de creer que las flores que aparecen por la ciudad pueden salvarnos de la desolación.
Existir
implica esperanza, conlleva la necesidad de creer que las cosas van a suceder de
una manera cercana a como las deseamos o necesitamos. La esperanza refiere a una
creencia casi certera, a través de la cual nos aseguramos de que en algún momento
las cosas van a ser mejor de cómo se encuentran. Hay quienes repudian la cualidad
de dejarse llevar por ilusiones, pero saben poco respecto a la salvación que implica
cuando el presente aprieta, y se postra ante nosotros como una pesadilla que reúne
todo de cuanto deseamos huir. Cuando el panorama se presenta así, la esperanza nos
ofrece unos lentes que ayudan a vernos en realidades distintas, donde algunas
cosas son mejores. Regalarnos la oportunidad de avanzar, creyendo que todo algún
día puede cambiar, hace que dentro de los caminos en penumbra aparezca un rayo
de luz que convierte las veredas en un lugar un poco más claro. Pero, no es un sentimiento
que llega de manera mágica, para ello se requiere un elemento fundamnetal: la fe.
Los
mejores regalos se esconden tras la fe. Se presentan ante nosotros una vez que
hemos decidido confiar más allá de lo que podemos ver y tocar. La esperanza es
uno de ellos. No importa sobre qué se sustente nuestra fe. Es casi lo mismo si
confiamos en Cristo, Buda, el Universo, o en los Caminos de la providencia. Lo primordial
es confiar. No hay figura que soporte fes más pesadas que otras, esas son
cuestiones personales. Uno decide en
quien creer, y que tan grandes son los saltos al vacío que hace en nombre de la
confianza. Finalmente, lo único fundamnetal es aprender a confiar; soportar
nuestras certezas en una fuerza, una figura o una idea. Para finalmente saber
dejar sobre ella el miedo que nos causa atrevernos a soltar los temores de que
nada puede ir a mejor.
El
miedo paraliza. Nos mantiene alejados de las cosas que pueden salvarnos. Temer es
el peor mal para el alma, sobre todo temer a apostar y ganar un mejor porvenir.
La esperanza atemoriza porque sabemos que aquello que deseamos con tanto ahincó
podría jamás llegar. El impacto de la desilusión es duro, eso es inminente. Pero,
la esperanza no duele por si sola; se muestra ante nosotros como un abrazo,
como un suspiro que libera de lo que apremia en la realidad presente. El desencanto
– que viene después de confiar--es una cosa aparte, aunque también forma parte
del repertorio de sentimientos que el ser humano necesita para ser quien es. No
es justo juzgar una parte por la otra. La esperanza puede iluminar caminos
sobre los cuales se avanza a traspiés. Incluso aún más triste que caer desde
las cimas de la ilusión, es vivir una vida en la cual no existen chispazos que puedan
sacarnos de lo sombrío que puede ser transitar la vida. Y aun mejor, esos
suspiros y chispas podrían estar en cualquier parte, una vez que decidimos
empezar a verlos.
Hace
un año, las flores en primavera me enseñaron que, a pesar de la oscuridad,
siempre hay colores; siempre hay esperanza. La ilusión se deposita en los símbolos
que vamos apreciando sobre el camino que recorremos. Aun cuando los tiempos parecieran
ser de total penumbra, hay cosas por ahí, que podemos ver cuando abrimos bien
los ojos. Pequeños detalles que nos demuestran que el mundo sigue girando y
conservando la belleza particular de sus cosas. La esperanza se esconde en
rincones inesperados. La encontramos en los paseos cotidianos por la calle, a
veces cuando transitamos con los ojos inundados de lágrimas. Es un símbolo plasmado
en las cosas bellas. Está en el mar que persiste sin importar la oscuridad, en los
abrazos de los buenos amigos, en los libros que nos cuentan secretos. Para mí, está
siempre en las flores.
La
esperanza es el regalo más grande que uno puede hacerse. Se entrega en manos de
la fe, pero solo uno puede aceptarla. Nos reitera la necesidad de confiar que
tenemos para sobrellevar los malos momentos, los tragos más amargos presentes
en todas las vidas humanas. La ilusión es calidez; incluso un acto de amor
hacia uno mismo. Cuando nos concedemos el permiso de esperar cosas mejores, a
pesar de los riesgos que implica caer por culpa de la desilusión, hemos crecido
un poco más en el área de la compasión. Podría estar en cualquier parte, es uno
quien decide de donde extraerla. Incluso cuando uno nada desesperado en busca
de salvación puede recibir los pétalos violáceos de una jacaranda sobre la
frente y la nariz, y recordar que a pesar de todo el mundo no ha perdido el
color.
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