Historias infecundas


Marco Amauri Lara Rosas

27 de mayo de 2022

 

Hércules, un pueblo repleto de historias infecundas, habitado por personajes estrafalarios que a cada oportunidad lamentan ante propios y extraños —quizá con cierto regocijo oculto— la historia de sus fracasos.  Más allá de que sus habitantes se empeñen en negarlo de manera rotunda, dicho comportamiento no carece de una explicación satisfactoria. No es de extrañar que así sea, los naturales de aquella tierra suelen encubrir cualquier defecto suyo o de su pueblo con el peor de los chovinismos provincianos, de tal modo que, si alguien descubre un fallo en los usos y costumbres de su gente, en su iglesia o en sus callecitas, se debe a una tremenda impostura. Y, no obstante, para algunos cuantos disconformes como yo, existe una relación directa entre el carácter y la personalidad de los herculinos con la desafortunada circunstancia de encontrarse flanqueados por dos cerros de mediana altura que fungen como muralla contra el obsceno (casi pornográfico) mundo exterior. Relación que se extiende y explica, por defecto, la naturaleza de las historias que lo pueblan.

     En cierta ocasión, escuché a un profesor oriundo del pueblo en cuestión, a quien además reconozco como el legítimo autor de esta teoría, decir lo siguiente: “Los de Hércules nunca cambian ¡Necios! Los cerros no les permiten ver que hay más cosas allá afuera”. Bajo esta perspectiva, me dio la impresión de que los habitantes de Hércules compartían el mismo destino que los encadenados del “Mito de la caverna”, y que dicho profesor era el liberto aquel que salió del antro oscuro para observar la luz por vez primera o, en todo caso, Platón mismo. Si menciono esto es sólo por darle el mérito que le es preciso a quien inspiro estos párrafos, y porque a pesar de su carácter dramático guarda cierta verosimilitud que puede ayudar a explicar el fenómeno que tiene lugar en esa tierra queretana. Pero, dejemos un poco de lado esta analogía que ya es una reflexión propia y tal parece que un exceso. Dije al inicio que Hércules es un pueblo repleto de historias infecundas y, en efecto, lo es.

     Cuando uno se adentra, por tal o cual motivo, en la vida de Hércules, cualquiera puede percatarse rápidamente de lo que afirmo, a excepción de sus habitantes, claro está. Basta con entablar conversación con un nativo de la región —de preferencia con unas cervezas encima— para que poco a poco salgan a relucir las historias del tipo: Juan el “Fayucas” era buenísimo para el futbol, llego a jugar para el América, pero…insértese aquí cualquier motivo como el clásico “se chingó la rodilla”. Aunque la verdad es que lo terminaron por echar del club ya que nunca aprendió a llegar en metro de la Doctores a Coapa y, por tanto, rara vez llego a tiempo a los entrenamientos. Tampoco falta quien afirme que posee un talento especial para el estudio y que por ello fue aceptado en x universidad prestigiosa, pero el día que tenía que inscribirse se olvido de hacerlo porque un día antes se excedió en los festejos de su hazaña. En fin, la fórmula nunca falla, fulanito iba a ser tal, pero…Y así hasta el grado de que es posible escribir un libro entero, sin ánimos de exagerar, con el cúmulo de lo que yo denomino historias infecundas.

     La cuestión estriba en que no son los intentos fallidos en sí mismos la particularidad de tales historias, acaso el fracaso y el error son dos vías legítimas para amansar el éxito, sino el carácter risible de los motivos que les negaron la cristalización de sus afanes o de aprovechar de buena forma las oportunidades que en cierta época tuvieron. Y más aún, la conformidad con la que parecen existir el resto de sus vidas, guardando para sí la convicción de su talento y con ello el de toda la comunidad, aunque no sea, en el mejor de los casos, más que una pasada gloria o un despliegue mediocre, un tímido acercamiento a esa luz que espera a quien trepa las laderas para extender con ello sus límites. Hay quienes, conmovidos por la visión del talento desperdiciado, buscan actuar en contra de esa tendencia a lo inconcluso, más tardan en plantear una solución al problema que en darse cuenta de que los prisioneros en realidad no desean romper sus cadenas, y que son capaces de correrlo a trompadas antes que abandonar la estrechez de esos cerros que les veda dimensiones de todo tipo.

     En caso de que estas líneas fueran leídas por uno de los habitantes de Hércules, seguramente para este punto habrá al menos un ofendido. Tal vez se pregunten enojados: “¿Quién es ese vástago, hijos de esta misma tierra queretana que se empeña en hablar pestes de nuestra tierra prometida? ¿De qué privilegios goza y qué lo diferencia de sus paisanos?” Bueno, convengamos en que soy un desertor, primero por ocasión y luego por convicción, que a temprana edad mudó sus pasos a otros lares sin dejar de tener nexos con su tierra primera, y que si escribo sobre esto lo hago desde la distancia necesaria para observar con mayor detalle lo que muchas veces no es claro en la cercanía. Por ventura, el destino quiso que habitara no en otra localidad, otro estado o en otro país, sino en el pueblo vecino de la Cañada, destino peor a los ojos de los de Hércules, que el destierro en tiempos de la Atenas de Sócrates. Pero, si es que gozo de algún beneficio todavía, quiero aclarar que nunca fue mi meta hablar mal de la Hermana República de Hércules, eso sería ofender la tierra natal de mis abuelos y el lugar donde pasé los primeros años de mi infancia; no, de mis abuelos (requiescat in pace) no puedo hablar mal…pero de sus hijos, sí.

Comentarios

  1. Me gusta tu estilo de escritura, es muy claro y reflexivo. Tu texto me gustó bastante, es muy fluido y transmite muy bien la imagen que quieres dar de Hércules. Hablando de nombres griegos, las analogías a la filosofía me parecieron maravillosas.

    No conozco del todo cómo sean en ese lugar, pero logré sentir el fastidio y la irritabilidad que a veces uno siente de los lugares en los cuales nació y en el que se siente inconforme. Creo que en todos lados hay, por lo menos, un desertor. Qué mejor manera que un ensayo para hablar del porqué se desertó.

    Felicidades por tu texto.

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