La extranjera

Los bastardos no tienen historia, al menos no una parte de ella. El linaje, o las historias familiares, determinan quiénes somos. Cuando una parte falta, somos seres incompletos. Por ello,  la condición de bastardo es dolorosa, porque nadie quiere a los ontológicamente mutilados. Así era como me sentía: mutilada. ¿Cómo curas algo así? Por más que desees pertenecer a la patria, nunca serás ciudadana, siempre serás extranjera.  


Clarisa murió un jueves diecinueve de mayo. Murió de vejez, pero estoy segura que fue la tristeza lo que la mató. En su funeral, yo era el único miembro de la familia presente; el resto eran amigos, artistas, intelectuales, y seguramente antiguos amantes. Heredé la casa, con todo y lo que había en su interior: muebles, fotografías, retratos y fantasmas. Yo no la quería, años atrás había huído de esa lúgubre casa, ubicada en un despreciable barrio con olor a orines de gato y risas de hombres alcohólicos. A pesar de la mutilación de mi ser, despreciaba la única parte con la que contaba: mi familia materna. 


Las familias no sólo heredan casas, sino también enfermedades. Clarisa era la hermana gemela de mi madre, y me crió como a su hija después de que Virginia se suicidara cuando yo tenía siete años. Lo único que recuerdo de Virginia es su semblante triste, exactamente igual al de Clarisa. La tristeza es un asesino constante en esta familia; yo quería escapar del asesino, así que, cuando tuve la oportunidad, huí de la casa y de mi familia, del mismo modo que huí del país. 


A veces uno piensa que los lugares más sagrados se encuentran en el extranjero. Pausanias decía que en el templo de Apolo, en Delfos, estaba inscrita la frase “conócete a ti mismo”.  Para hacer esto, uno tiene que mirar hacia atrás, hacia su historia. ¿Cómo iba a lograr conocerme a mi misma si atrás de mí no había más que un camino lleno de asesinados y un camino vacío? Aunque mía, no quise entrar a la casa. Volví a huir para, finalmente, rellenar mi falta, para convertirme en un ser completo. 


Pero para lograr ser, hay que ser mirado, reconocido. Mi padre nunca me ha mirado. Sabía lo suficiente de él, especialmente que era rico. Vivía en la casa número 45, de la calle Otoño, en España. Pese a saber la ubicación, nunca me atreví a ir, pero el dolor de la falta había llegado a su punto álgido, y el vértigo me estaba matando. Al llegar, toqué primero con timidez, en la segunda con ansiedad, y en la tercera golpeé repetidamente con enojo, porque nadie respondió en los largos minutos que llevaba esperando. Fortuna se compadeció, para inmediatamente después burlarse de mí: hallé una ventana semiabierta, e impulsivamente entré por ahí, solo para encontrarme con una casa vacía. Luis García Montero decía: “Los lugares sagrados nos permiten vivir una historia de todos en primera persona”. Yo no estaba viviendo ninguna. Ahí ya no había nadie para mirarme, para legitimarme. 


Según el Antiguo Testamento, el bastardo no podrá entrar en el reino de Dios –el padre– hasta la décima generación. Salí de la casa, imaginando –y en el fondo deseando– que en el futuro algún descendiente mío lograría encontrar a alguien en esa gran casa. El vértigo se había ido, pues todo lo que sube tiene que bajar. Pero el miedo de que el dolor volviera en cualquier momento me puso los nervios de punta. 


Volví a México, resignada, porque no tenía otro sitio al cual volver, salvo la casa materna. Después de muchos años volví al lugar que juré jamás volver a pisar. Recostada en el sillón, a solas, en esa gran casa, mirando cada esquina que despertaba un recuerdo tras otro, fue que caí en lo siguiente: el silencio a veces puede ser más ruidoso que el ruido mismo. En la casa de la calle Otoño, el silencio no me decía nada, no hacía ningún ruido. En cambio aquí, podía escuchar las risas infantiles, los gemidos en las habitaciones contiguas, las palabras cariñosas de Clarisa, los llantos de Virginia, la estruendosa voz de mi abuelo. La casa estaba llena de ecos de personas que ya no existen salvo en mi memoria. La tristeza, a comparación del vacío, resulta menos asfixiante.  


Pero la falta siempre es latente. Los mutilados deben encontrar algún modo de vivir sin aquello que les falta. Me levanté del sillón, después de una larga reflexión. Entré al baño, mojé mi cara, y después de haber secado mi rostro con la toalla, me miré en el espejo durante un largo rato. Di finalmente con la cura: mi padre nunca me ha mirado, pero al mirarme yo me reconocí. El bastardo, al no tener historia, tienen que crearse una, reinventarse ellos mismos con lo poco que cuentan. 


Juan Ramón Ribeyro decía: “También mueren los lugares donde fuimos felices”. También mueren los lugares donde fuimos tristes. Dejar morir esta casa sería dejar morir la única parte de mi historia, y perder la oportunidad de crear una nueva. Esta casa es el verdadero lugar sagrado. Acepté finalmente la casa, de la misma forma que acepté que, tarde o temprano, iba a enfermar de tristeza. La cuestión es, ¿qué iba hacer con ella? Escribir, crear una historia.



Susan Vázquez Mellado Camarillo


Comentarios

  1. "Los bastardos no tienen historia", qué manera de iniciar un texto. La pertenencia a un lugar, "nadie quiere a los ontológicamente mutilados", este evidente y cotidiano "rechazo".

    Parece cuento o anécdota, quizás un cuento contado por una voz que no puedo ubicar completamente en un plano ficcional... No sé si es real, pero se siente así.

    "los llantos de Virginia", ¿Es esta una referencia a Virginia Woolf? Clarisa incluso me recordó un poco a Lispector...

    "que en el futuro algún descendiente mío lograría encontrar a alguien en esa gran casa". ¿Quién será ese alguien? Debo detenerme en mi nueva lectura de tu texto...

    Tenía esta sensación de que "se habitaba" pero en el lugar apenas se vivía. El final me pareció magistral.

    La escritura del cuento... De verdad la admiro, y admiro muy sinceramente tu trabajo. Estoy atónita.

    No puedo esperar por leer otro de tus ensayos líricos.

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  2. F. Me tomaste completamente desprevenido. En el mejor de los sentidos, fue una sublime sorpresa. Hay tantas cosas que no sé por dónde comenzar, "cuando una parte (de nuestra historia) falta, somos seres incompletos", claro estas dudas existencialistas son verdaderamente humanas. "Nunca serás ciudadana, siempre serás extranjera." Que sencilla frase, cargada de tanta emoción, imágenes, reproche, tu voz lírica está tan bien trabajada que se contempla redondeada, verosímil, casi real. Me gusta como le das un lugar, una habitación propia a los fantasmas, es como esta idea de que los fantasmas pueden ser más un espectro errante, pueden ser recuerdos, fantasías, secretos, tristezas, rencores, dolores... incluso un anhelo de algo que necesitamos, deseos insatisfechos. Ví tus guiños de intertextualidad, Woolf, Owen, ser visto y ser legitimado, los espejos, la auto-contemplación y finalmente su aceptación. "Pero la falta siempre es latente." Como la idea de que el trabajo es arduo y constante. Y la sublime realización: "Dejar morir esta casa sería dejar morir la única parte de mi historia, y perder la oportunidad de crear una nueva. Esta casa es el verdadero lugar sagrado." De que incluso lo malo, lo turbio, lo vergonzoso, lo doloroso, lo que nos enfurece, es parte de nosotros, y tiene un espacio propio y son márgenes de nuestra esencia. Comparto con Ali, que parece un cuento en lo superficial, pero la voz lírica es sin duda perspicaz para diferenciar la narrativa de su reflexión. ensayística. Quiero seguir leyendo tus textos.

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