La Génesis del Ruido
La Génesis del Ruido:
—Albert Camus.
El silencio es el puente japonés mochado de Monet. Es también, el pronombre hundido en la natural voz del haiku y como el aliento atrapado en la doble lengüeta del fagot, el ruido es la memoria de ser. Cuando el silencio es el olvido, entre los recuerdos del ser, la paramnesia ocular revive sin igual un desequilibrado bagaje. Como el ruido no posee peso, tiene el contorno definido; como el silencio es la nada, es un todo desbordante. Al saber en la antítesis de cada uno, los extremos de su conceptualización; la sensación que evocan es sinónima. El bullicio es el aditivo cotidiano y la afonía, la tierra virgen. Ambos son el subjuntivo, el: “¿Qué habrá ahí?” del otro. Son rostros palpando su figura a través de un pálido espejo.
Y como el silencio se atisba, cargando en su espalda la emotividad, su gravedad le suscita delinear sus rasgos. Entre sus yemas hay un pálpito extraíble como un fruto podrido, hueco: la tangibilidad del silencio se encuentra en el ruido, que a veces yace vacío. ¿Cuál es el recipiente de ambos? La mudez se sale del margen, discriminada por el encuadre. No del todo consciente de esa exclusión. Reconocer la futilidad del rango de la mirada, requiere un espíritu biónico. Porque hay más nieve en Argenteuil de la que se ve; que se derrite en silencio, mas no callando.
El ruido y el silencio no son antónimos, ¿acaso no hay unión mediante la brecha, ni unidad en el concepto debido a la lejanía de la memoria? No son ciudades, pero sí son santuarios perdidos. Para la realidad imperativa es necesaria la fantasía endeble y fugaz que acontece en decibeles al ras del oído. En la levedad del ruido, con aplomo, un silencio significa olvido: todo lo eludible. ¿No habla más la amnesia del momento que el recuerdo remachado? ¿No se reinventa desde sus posibilidades?
El ruido como el óleo fresco dentro de la visión, requiere del arte de reptar por la torre para alcanzar la pupila. Necesita cazar a la liebre vibrante que al ojo volca, forzando la córnea. Hay límites existenciales, límites de arena. La mirada depredadora de quien se muere de hambre, tiene manos diminutas, y solo atrapa el instante de su presa. Tanto como la textura del grito acaricia el abismo de un escote; un chillido ahogado, la criatura gimoteando, es imposible no cuestionarse ¿y dónde, como lugar, vive el silencio?, y ¿dónde, como tiempo?. ¿Dónde más allá, como algo más que viento?
En el pecho laberíntico de una existencia: ¿Cómo sabes cuando se calla, cuando se habla de verdad?, ¿no hay, acaso, palabras desvaloradas y silencios avasalladores?, ¿será por eso que nacemos con boca para conversar irónicamente y enmudecer lo primordial?. ¿Hay falsedad en el silencio o en el ruido? Si ningún siseo puede resumir la significancia de una identidad, ni colocar sus curvas arrobadas; tal vez, y solo así, la cuna del ruido sea el fonema, la palabra que busca convenir lo irreconciliable y oculto.
La omisión es el marco del silencio y el relleno del sonido. ¿A qué nos invita?, ¿Qué oportunidad tenemos contra la brevedad de la atención?. ¿Qué ignoramos y jamás podremos saber? Una vez ignorado el margen, los trazos artísticos serán mucho más que el cuerpo: tumba o vientre. Porque el ruido y el silencio son un mismo paisaje: la imagen de la orilla que desemboca en el salado horizonte del mar. Y los nombramos así: “ruido”, “silencio”, porque trascienden la comprensión.
El ser es inabarcable, por eso olvidamos y recordamos, callamos y sonamos. Somos infinitivos que no saben conjugarse. En la mentira cóncava de ser, en sus paredes resbaladizas, se deja vislumbrar un solo atisbo de la ausencia de la vida. Resuena, en su húmedo quejido, como un padecimiento presente, todavía no latente. Como el cuerpo es una orquesta, porque vibra al son de una inspiración: el tiempo nos arroja a la incertidumbre sobre la forma de las cosas, mas no sobre la existencia.
De igual manera son el silencio y el ruido. La condición de la levedad humana, enuncia el difuso estado de la pincelada, la elongada paciencia al filo del umbral. En la prisión pictórica de una ilusión, el silencio se siente desde el anhelo de ser más. El poder que tiene el silencio es tanto, porque podría derruir los esquemas de la percepción de uno mismo. Lo audible lo inaudible se siente desde la transgresión. Por la calle adverbiada de la vida, merodea el reproche del tiempo, hace de uno mismo la herida.
El silencio cruje como una sombra; puede ser lo que uno desee. Y traicionera, será la promesa incumplible de revelar todos los secretos del universo. Por eso la génesis del ruido, así como la del silencio es el eco. El silencio y el ruido son homólogos, porque son vitales para su mutua existencia. Y la omisión, tanto por acoplar como por excedente de significado, es un anhelo. El silencio se siente por querer ser algo más. Al nacer el ruido y el silencio, nos preparamos para dejar ir la memoria, la identidad. El silencio es la pared donde yacen las obras de Monet.
Alison Jezabell Bartolano Diez Marina.
Tu ensayo me pareció poético. Disfrute leer cada palabra. Tienes una manera de expresar muy profunda. Me gustó como relacionaste el silencio con el ruido, él como dependen uno del otro para existir. Tu ensayo me hizo reflexionar sobre varios aspectos de ambos.
ResponderEliminar