La realidad y el juicio

 

«Si un árbol cae en el bosque

y no hay nadie cerca para escucharlo,

¿hace ruido?»

-George Berkeley

¿Qué define a la realidad? ¿Es acaso lo que vemos, lo que sentimos y oímos, aquello que la determina? Si un fenómeno pasa desapercibido, ¿realmente sucedió? No hay una respuesta universal ni del todo precisa para iluminar la subjetividad de la realidad, y es papel de cada individuo decidir por su cuenta cómo concreta la propia. Paradójicamente, el mismo ser que no puede delimitar lo que es real para él frecuentemente se convierte en sentenciador y verdugo del juicio ajeno, al que le asigna una etiqueta basándose meramente en lo que logra percibir.

En la mayoría de las situaciones, siempre hay más de lo que se puede ver. La vida es demasiado compleja como para categorizar pedazos suyos de un simple vistazo, y más considerando que nadie puede ser narrador omnisciente ni siquiera de su propia existencia. Quizá no todo lo que ocurre pase por o para algo, pero las cosas nunca son tan sencillas como para tan solo agarrar una fruta de la tierra y jurar que no ha caído de un árbol. Hay trasfondos, conexiones silenciosas transitando tras un velo del que, por egoísmo o prisa, en ocasiones preferimos no asomarnos ni reconocer su presencia.

La gente ama juzgar, pero no soporta ser el pináculo de su propio juicio. Es un millón de veces más sencillo reírse de la desgracia del otro y criticar al desconocido que autoanalizar los modos que en realidad le corresponden. En una sociedad castigadora, se tiene fe en el acusador y de cuando en cuando en la víctima: al hombre que camina en un barrio peligroso a altas horas de la noche y es asaltado se le cuestiona por qué no tomó otro camino; a la mujer que desaparece en pleno día y deja a un par de huérfanos tras de sí se le condena por haberse atrevido a salir de casa siquiera. El inocente paga por su ingenuidad, mientras que el infractor se sale con la suya sin necesidad de levantar un solo dedo.

La cultura del verdugo, una que lleva enseñándose desde la concepción y no cesa ni después de la muerte, se encuentra clara como el día en todas partes. Está en el padre que le reprocha al hijo su profesión, en la madre que le reclama a la hija con vista perdida en la ventana por qué no está trabajando todavía, en el abuelo que expresa su decepción a cintarazos, y en mil otras formas que no da la vida para enlistar. Toma una cantidad significativa de autointrospección y empatía recordar que no todo es lo que parece, por más evidente que pueda lucir. La inspiración se disfraza de agotamiento, la genialidad va de la mano con la locura y a la cordura en ocasiones le faltan cuerdas.

La realidad tiene una relación muy curiosa con las ideas: le pertenecen a quién las vive y escribe, pero ni el mismísimo autor de ambas termina de conocerlas a fondo. Las ideas habitan la mente del mismo modo en el que el gato de Schrödinger lo hace en su caja: tal vez estén ahí, tal vez no, y desde la comodidad del exterior uno solo puede jugar a las adivinanzas y apostar por lo que realmente transcurre en ellas.

Es entonces, en un mundo donde lo real es subjetivo, donde nace el poder de la palabra. Mediante el verbo, lo que no es cierto puede empezar a serlo, y lo que ya lo era puede desaparecer sin dejar huella alguna. Castillos de arena consiguen cimientos y paredes de concreto, si tienen suerte; de no ser el caso, se derrumban bajo las olas saladas y toman la forma de un terreno virgen y desconocido, uno que quizá eventualmente llegue a ser explorado. La realidad a veces no es lo que ya existe, es lo que elegimos que sea.

¿Qué, pues, define a la realidad? ¿Lo que perciben nuestros sentidos, lo que suplican nuestros anhelos más profundos o lo que nos susurra una multitud sin rostro? Nadie lo ha sabido antes, nadie lo asegura ahora, y quizá tampoco nadie lo averigüe en un futuro. La verdad es la que creamos nosotros con nuestras acciones, con nuestras palabras y gestos, y lo que hacemos con lo que hacen de nosotros. Es el café que disfrutamos en la mañana, y la puesta de sol que no vemos por la tarde, y las promesas de amor eterno que juramos por la noche. Lo real es cierto, e incierto, todo y nada al mismo tiempo. Si así es como funciona el mundo, ¿realmente importa saberlo?

María Alicia Moncada Morales

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