La tumba de los Gigantes.
J.A.
Viniegra.
“Los
lugares sagrados nos permiten vivir una historia de todos en primera persona.”
(Luis
García Montero).
Mientras
recorro la carretera, mis sentidos son asaltados por un informal traspaso de
fronteras naturales, de un momento a otro el abundante verde es remplazado por una
serie de tonalidades cálidas; cactáceas que salpican el paisaje a lado de la
serpenteante carretera, y llanuras que se extienden como inmensos océanos de
tierra, contenidos por imponentes cordilleras, frente a notros se hace presente
un constante espejismo característico del desierto, un inacabable charco que da
la falsa sensación de humedad.
A nuestro paso algunas salpicaduras de la civilización se hacen presentes, una
vulcanizadora, una gasolinera, un paradero de camiones, lugar de recogimiento
para los nómades del camino: oasis artificiales, producto de la modernidad.
Así
pues el peregrinaje culmina en la tumba de los gigantes.
El
museo del desierto se postula como la joya de la corona cultural, sobre la
cabeza de una decadente ciudad industrial.
En
sus muros se contienen millones de años de historia de la tierra, en el momento
en el que entramos, comenzamos un viaje en el tiempo, hasta los meros orígenes
de la vida en este planeta, y la primera parada es en el mar prehistórico.
El caparazón petrificado de una colosal amonita, nos recibe en la entrada del
recorrido, sentada sobre una cama de arena, este cadáver exhumado de su
milenaria tumba recuerda a las míticas bestias marinas descritas por los
navegantes, su tamaño y su antigüedad plasmada en la placa que lo acompañan es
una declaración hacia quienes vistan este mausoleo abierto al público: un
recordatorio del minúsculo espacio temporal que ocupa la humanidad.
Veo
con sumo detenimiento cada exhibición mostrada, un globo terráqueo de grandes
proporciones nos muestra la imagen del mítico continente Pangea. En las paredes
las palabras alguna vez destiladas en tinta de
pensadores y literatos forman una colección de poemas y frases que yacen
como un monumento de la lengua a la belleza de los desiertos, y de entre ellos
un fragmento de uno de los tantos poemas de José Emilio pacheco captura mi
atención: “el desierto es el fondo de un
mar ausente”
Con
forme avanzamos, se nos muestra una placa pétrea en donde se marcan los pasos
ancestrales de los gigantes, un juego de huellas que permiten ver el pasar de
criaturas que ahora solo caminan en los vástagos de la ficción, esta placa
rocosa sirve también de ante sala para la sección más famosa del museo, la
parte más profunda de la cripta fúnebre.
Pensar en aquella titánica criatura surcando los cielos, me hace aludir a los relatos de fantasía, y por un segundo me siento envuelto en una pesada armadura mirando desde mi jamelgo a un mítico dragón. De tal modo que me por un instante la realidad a mi alrededor se delata como cambiante, y en ese instante el lugar imaginario me envuelve remplazando lo real por una narrativa fantástica que solo podría nacer de la magia que tramite este camposanto de titanes.
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