Lo divino


¿Existe algo capaz de violar la regla espacio temporal? El único que tiene posibilidad de hacerlo es el recuerdo, quien juega con el tiempo como si de un muñeco de trapo se tratase. Sin embargo, no podría atentar contra una regla universal por sí solo. Aquí es donde entra la perspectiva humana, otro de los conceptos más complicados dentro de nuestra realidad. La combinación de ambos factores da lugar a una mezcla espiritual y mental que sobrepasa fronteras temporales. Naturalmente, esto con ayuda de elementos que permiten la existencia y durabilidad de las memorias. Porque sólo algo tan irreverente y abstracto como el recuerdo le hace frente a lo exacto e inmutable del tiempo.   

Las memorias nacen y mueren con cada respirar. Todo lo que ha sucedido se vuelve un recuerdo, incluso si pasó hace unos segundos. Lo que marca una diferencia entre ellas es que algunas se aferran al alma, volviéndose parte de ella. Mientras tanto, otras son olvidadas con el paso de años, meses, días, horas o segundos. Por supuesto, las perdurables son elegidas minuciosamente por el cerebro, ya que serán el cimiento de nuestra esencia como personas individuales. Si seguimos esa línea, estaremos en la misma página que aquellos que respondieron la pregunta de “quién soy” con un “soy mis memorias”. Por consecuencia, eso implicaría que para conocernos entre nosotros, deberíamos ahondar en nuestros recuerdos. Aunque para mala (buena) suerte, es imposible irrumpir en el mundo mental de alguien. Incluso hacerlo en el propio parece una tarea sumamente complicada. Sin embargo, no hay que encasillar al recuerdo como un ente intransferible. Si usamos un intermediario donde depositar las memorias, seremos capaces de conocer a otros, sin importar el espacio o el tiempo. 

Los intermediarios son variados. Objetos, olores, personas, lugares… Nosotros no tenemos la capacidad de elegirlos, son nuestros recuerdos quienes deciden donde depositarse. Usualmente, transfieren cierta cantidad de sí en diferentes puntos. Un poco del recuerdo de la infancia está en la seda de las sábanas, otro en el chocolate caliente, otro en la estación de radio que sonaba sin falta a las seis de la mañana. Esto se logra por una correspondencia: el recuerdo se deposita en todas estas piezas porque son esas piezas quienes forman al recuerdo. Y donde yacen todos estos elementos es en el lugar donde se formó la memoria. El alma sentirá el calor nostálgico de haber estado ahí en el pasado, lo que suscitará la rememoración de los otros sentidos. No obstante, no se detiene ahí. Incluso una persona que no tenga relación directa con el autor de los recuerdos puede rememorar si está en un paraje cargado de nostalgia. Es ahí donde el espacio temporal sufre un quiebre. 

La perspectiva personal y experiencias de cada quien son capaces de recrear las memorias de alguien a quien no conocemos. Un conejo de peluche en el suelo, con costuras mal hechas y remendados improvisados, incitará a una imagen de pequeños niños que no escatimaron en su energía al jugar. Asimismo, un potro de estiramiento –usados durante la inquisición– sólo nos traerá recuerdos crueles y amargos, aun cuando ninguno de nosotros los ha vivido. Otro factor valioso es la perspectiva. Los primeros dos casos fueron intentos atrevidos de generalizar el significado de dos objetos. Una persona, empero, podría recordar cosas amargas con el pequeño conejo de felpa. Es este el punto donde las dos líneas perpendiculares se tocan. Una de ellas es la memoria de quien tuvo el conejo, la otra es de quien lo está viendo en la actualidad. No tienen nada en común, incluso sus perspectivas son diferentes. Aun así, el lugar les ha permitido conectar y combinar sus recuerdos y sus esencias. Yo, como individuo contemporáneo, estoy recibiendo la carga emocional del recuerdo de otro mientras le doy mi propia carga, intercambiando historias sin necesidad de palabras. Pues, como bien dice Luis García Montero: “Los lugares sagrados nos permiten vivir una historia de todos en primera persona.”

Así, adjudicarle la palabra “sagrado” a los sitios, como hace Montero, no es absurdo. ¿O es que acaso los recuerdos no alcanzan la divinidad de un Dios?, ¿no serían las zonas donde yacen su santuario? La fuerza del recuerdo, de los espacios y del significado que les otorga a los objetos es suficiente para considerarlo un ente de importancia. Pues sólo Dios y los recuerdos poseen la capacidad de romper las reglas temporales que rigen al mundo.  


- Irais Luna Granados

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