Los lugares Espléndidos: Oh, Pigmalión, déjame en paz.
Los lugares Espléndidos: Oh, Pigmalión, déjame en paz.
Por Xavier Angeles Venegas
Si me preguntas en este preciso momento, quizá no podría confesarte a qué me refiero con los lugares espléndidos; pero, creo haberme acercado lo más próximo a una definición exacta, de lo que me refiero. Un elemento tan verdadero como efímero implica una dificultad de poder aprehenderlo. Siento, de antemano, haberle hecho creer al lector simplista que el inicio de mi discurrir lo pudiera entrever. No podría decir si es la memoria lo que he dejado de asir, o el concepto, la idea en concreto; pero supongo que para efectos dramáticos, me viene bien.
Han pasado muchos meses, o quizá sólo horas, sin embargo es esta reminiscencia, la que siempre perdura en la mente de este humilde escritor. Un recuerdo que habitará cada recoveco de mi misma esencia. Una memorabilia que regresa como entre ecos, ecos que son incapaces de hilarse, inconexos, pero que lo comparten todo. Es una antología que nunca nos dejará y seguirá así, perenne, eterna, a través de los vitrales del espacio, girando por la rueda del tiempo, descansando en el telar del mismo destino. No pretendo ser críptico, quiero dejar clara esa aseveración, antes de continuar.
No contestó.
—Yo sólo en instantes muy puntuales, —continué,— sentí las manos de Calíope y de Polimnia halándome, en uno de los días más ordinarios que existen. No recuerdo bien si fue después de la tranquilidad que me dio una lúdica realización. Tras una de las jornadas más pesadas, donde todo lo que pudo haber salido mal, salió mal; llegué a casa ansiando chocolate o dopamina, y recuerdo pensar, mientras batía un par de huevos, azúcar y chocolate fundido, que pasara lo que pasara, siempre tendría al menos esta certeza: si batía estos tres ingredientes siempre, eventualmente, se espesarían. Y esa idea me resultó fascinante.
Fue así como llegué a la idea de lo espléndido, habiendo experimentado con anterioridad estos momentos en los que uno siente que las cosas se acomodan, que parecen tener un sentido, aunque la complejidad de la vida, lo haga parecer que brilla menos. Tras elucidar el adjetivo primordial, esperando que el lector haya podido vislumbrar el horizonte de mis percepciones, me dedicaré, de la forma más fiel a lo que mis habilidades me lo permitan, a describir estos lugares espléndidos.
Cada mañana al alba, otra vez, abría los ojos de ese empolvado reloj mental. Me dirigía entonces a encontrarme con ese reflejo primaveral en el espejo. Me sonrió, aspiro y saltó sin mirar hacia al vacío de la ventana y le dejo escapar, le permito varios vuelos al día porque eso es lo único que le hace feliz. ¿Nos hemos perdido lo suficiente? Las cosas tomadas y el tiempo robado. Persigue los rastros del día anterior, siguiendo sus pisadas como perlas en la arena, en la playa de su resquebrajada verdedad.
Cada noche, entre el velo de la vida y el abrazo de la muerte, le gustaba mirar desde el alféizar el umbral. Le gustaba admirar a las sombras y a la paz, jugando a quererse, aunque sea a ratos. Antes de que la paz saliera corriendo, azotando la puerta. Le gustaba sentirse las entrañas cerca de la mente, le gustaba sentir el químico recorriendo el torrente sanguíneo con la música alcanzando decibeles incomprensibles. Cada noche era entonces, una noche más.
Un lugar espléndido es algo tan sublime que es imposible de asir, ni siquiera en pensamiento, pues su pureza radica en ello, en esa espléndida capacidad de ser inmarcesible, inalcanzable, y de pronto convertirse casi en la idea, un mero esbozo de la alusión. Y así, los héroes que antes adorábamos se caerán de sus pedestales, los nombres que lanzábamos al viento, se disolverán en el nitrógeno. Cuando escuches el crujir de tu alma, en esos lugares donde previamente te habían herido, y tu instinto de supervivencia te haga huir, pensarás en ellos.
Pensarás en lo sagrado del momento de un lecho compartido, y los secretos de las miradas, los tatuajes que no marcan la piel, sino tu centro, tu núcleo. Te encontrarás pensando en las sangrías que tienen nombres propios. El anhelo y la desesperación de escuchar tu nombre en otros labios, en el caleidoscopio de sensaciones del día cero, las cimas, los abismos, las nubes nueves, la conmiseración, las sonrisas, los errores. Lo mejor de ti, lo peor del mundo. Tu lado verdadero y la reconciliación de las expectativas. El volver a despertar, en la frágil línea de la vida, o que daba la vida.
Los lugares sublimes, nos llaman siempre, y nos llevan hasta ellos nuestra brújula interna, que guiará nuestro navío a través de deseos, de miedos, de fantasías, de cicatrices, y a veces no llegarás al destino ideal y eso también está bien. Una de las lecciones más importantes siempre fue la de atrapar y soltar, y aprender a diferenciar qué necesitas y que no. Todos somos escritores, aunque sólo algunos nos permitiremos tomar el bolígrafo y el papel, todos escribiremos una gran historia: la nuestra.
Tu texto fue maravilloso. El dicurrir de consciencia que utilizas para hacer una reflexión (filosófica, diría yo) acerca de cuáles son realmente los lugares espléndidos, y es maravilloso que lo utilices, porque, como lectora, fui acompañándote en la reflexión hasta llegar al "eureka" del texto. Me hace pensar que uno se pregunta acerca cuáles son esos lugares sublimes, y cómo alcanzarlos, pero son ellos los que nos alcanzan a nosotros en los momentos menos esperados.
ResponderEliminar"Todos somos escritores, aunque sólo algunos nos permitiremos tomar el bolígrafo y el papel, todos escribiremos una gran historia: la nuestra".
Qué hermosa manera de terminar. Marguerite Duras decía que el momento más difícil para el escritor era sentarse y ponerse a escribir, porque el preludio a la catarsis o al discurrir verbal que deja ver aquellos lugares sublimes que habitan dentro de nosotros es un acto aterrador. A veces queremos huir de nuestra propia historia. Pero solo escribiendo se deja de huir.
Felicidades por tu texto, me pareció maravilloso. Me gusta mucho cómo escribes.