Mamá…te prometo que estoy trabajando


Marco Amauri Lara Rosas

15 de mayo de 2022

 

Madre, aunque no lo parezca, casi todo el tiempo estoy trabajando. Y digo casi, porque decir todo el tiempo resultaría una excentricidad insostenible, de esas a las que solía recurrir cuando en el colegio sacaba una mala nota y yo te decía que a todo el salón había ido tan mal como a mí. Pero, lo cierto es que he crecido y considero que un poco, en el camino, madurado; al menos lo suficiente como para tener en cuenta la importancia ya no solo del estudio, sino del trabajo, de valerme por mí mismo, de hacer mi propia vida. Se que, hasta la fecha, no ha llegado la quincena en que regrese a la casa con un par de billetes en la cartera y decirte: “Aquí tienes para pagar la luz y el agua” o “Toma, esto es para que te compres algo”, al menos no con el sueldo de un escrito o con el de una clase impartida. Sin embargo, en lo que llega el día —¡ese bendito día! de mi primer sueldo, quisiera convencerte de un hecho, quizá para renovar tus esperanzas como madre o tu fe en mi porvenir, para que sigas creyendo en mí pese a las apariencias y no dejes morir tu deseo de algún día verme realizado y yo el mío de verte decir con orgullo en las reuniones familiares o a tus amigas que soy escritor, sin la necesidad de que sueltes un suspiro al viento, como pidiendo ayuda al cielo. Y es que, como te decía, hasta cuando veo por la ventana estoy trabajando…deja que me explique.

Entiendo que sientas cierta desconfianza natural al escuchar mi afirmación, a decir verdad, yo tampoco lograba entenderla hasta hace poco. Además, como para empeorar la cuestión diré que mi afirmación se extiende a todos los ámbitos y los momentos de mi vida, lo mismo trabajo cuando veo a través de la ventana que cuando veo una película, cuando limpio el patio, cuando salgo a pasear con el perro o cuando me quedo callado a media cena y todos piensan que estoy enojado. Y es que asociar la idea de trabajo al “gran arte aristocrático de no hacer absolutamente nada” no deja de ser un trago amargo para quienes monopolizan dicha idea a las jornadas laborales de 12 horas de una fábrica, a la labranza de la tierra o a los litigios que resuelve el abogado, a lado de estos ejemplos quienes compartimos el oficio de escribir quedamos como simples parásitos entregados al placer. El obrero entiende que la pieza que manufactura comprende un parte importante de esto todo del que más adelante pasará a formar parte de un todo, ya sea un carro, una máquina para hacer tortillas o un avión; el campesino sabe que el esfuerzo de su faena pronto se verá recompensado cuando con el favor de la lluvia la planta de sus frutos, y el abogado sabe que con su defensa ayuda a solventar de forma legal los problemas que surgen entre los individuos de la sociedad. Sin embargo, el escritor está condenado a trabajar con las facultades más abstractos e intangibles del ser humano, que no son sino su inteligencia y las ideas. Lo cual, en teoría, bien puede reducirse a una tarea fácil o a nada, aunque, de una vez lo adelanto, esto no es cierto. De serlo, cualquiera hubiera escrito las Confesiones de Agustín que tanto te gustan o el libro de cuentos que mi hermana te regaló hace unos meses, y yo probablemente estaría probando una limonada en vez de redactar estos párrafos.

La inteligencia tiene la terrible bondad de concebir todo sin crearlo, mientras que las ideas le vienen a uno casi a su antojo, sin impórtales siquiera que estemos cantando las mañanitas o en medio del rosario de algún difunto. Pero, el que sean invisibles no supone su inexistencia, ni desacredita los frutos que nacen de su cuidado, a pesar de que estos tarden mucho en brotar, y no se diga en proporcionar una retribución de cualquier tipo. Dicen que por definición el escritor es “un personaje que ha decidido comunicarse con sus semejantes a través de hojas escritas”, tú sabes lo difícil que resulta tratar de poner orden a nuestro propio monologo interior para entendernos a nosotros mismos y otro tanto concebir el de otros o, en su defecto, dar a entender el nuestro a esos otros. Esa es en parte la batalla que libro a todas horas: un esfuerzo constante por comunicarme con mis semejantes de una forma exitosa. Si llegaras a pensar que tal cometido es fácil, piensa antes que muchos de los grandes conflictos humanos nacen a partir de malentendidos o que hasta la fecha no se sabe a ciencia cierta qué es el amor, la muerte, la felicidad o quién sea Dios. Piensa también que todo lo que hoy abrazamos como una verdad, eso que le da un sentido a nuestra vida, existe gracias a los esfuerzos titánicos de aquellos individuos que fijaron su meta en escudriñar los movimientos de su propia alma y los enigmas del mundo físico, y a su vez de comunicar sus descubrimientos con los suyos.

A menudo, para asirnos el hilo de una idea que previamente se ha intuido, es necesario despegar la vista de los libros, soltar el lápiz, cerrar la libreta, descubrir las ventanas de su persiana y echar un vistazo al mundo exterior o de simplemente tumbarse bocarriba sobre la cama para observar el techo. Así, en la contemplación de un punto incierto, llega a veces esa idea que se ansia, que se revela a la velocidad de un relámpago, y que se escapa si no se ahonda en ella. Mamá, te prometo que mis silencios están poblados de ideas, de puntos y de comas, que si callo es porque estoy pensando en la mejor manera de redactar eso que viene a mi mente, en cómo dar a entender un sentimiento, una idea, que al fin y al cabo son mi material de trabajo. Espero que con esto entiendas que no solo trabajo cuando estoy frente a la computadora, en las seis u ocho horas de clase diarias, cuando escribo o cuando estoy leyendo y que, si trabajo con lo incierto o lo incorpóreo, es solo para entenderlo un poco más y porque en mi intento tal vez pueda en un futuro convertirlo en un mensaje no menos bello que esos libros que te apasionan a ti como a tantas otras personas, para que en un día se cumplan las promesas que hoy te hago.

Comentarios

  1. Que hermoso tono tiene tu ensayo, me causó mucha ternura, y removió el sentimiento que tal vez todos los que estudiamos este tipo de carrera tenemos, el querer hacer sentir orgullosos a los nuestros a través de lo que amamos. Me encanta tu estilo, camarada:)

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