Omar Jayyám, poeta, astrólogo y sabio
Omar
Jayyám,
poeta,
astrólogo y sabio
Marco Amauri Lara
Rosas
6 de mayo de 2022
Omar
Jayyám pasaba las noches observando el movimiento de los astros desde la azotea
de su habitación. Cuando llegó a la ciudad, le pareció de inmediato que el
cielo estrellado de Samarcanda tenía algo por revelarle. Y, en efecto, bajo la
luz de la luna le fueron otorgados, casi como una epifanía, algunos de los mejores
versos de su Rubáiyat. Así, una noche dijo: “¡Levántate, tenemos toda la
eternidad para dormir!”; en otra, escribió: “Dime ¿qué placer tiene una vida
sin pecado? Si castigas con mal el mal que te he hecho, dime ¿cuál es la
diferencia entre Tú y yo?; otra noche, calculó la duración exacta de un año y
más tarde nombro la incógnita de las ecuaciones…y parecía que el cielo no cesaría
en sus revelaciones, y que él tampoco jamás dejaría de cantarlas.
No
obstante, en aquellos días, cuando la paz que llevó al esplendor a Samarcanda
se vio amenazada, Omar, hijo de Ibrahim Jayyám de Nisapur, presa de la más terrible
estupefacción, interrumpió la escritura de su Rubáiyat. ¿Por qué? Jamás lo
supo explicar con detalle.
Pero,
todo ocurrió entrada la medianoche de uno de esos días nefastos, mientras las
calles de la ciudad reposaban mansamente y todas las casas, monasterios,
bazares y mezquitas permanecían bajo llave. El cadí de los cadíes, Abú Taher,
así lo había ordenado, y bajo su mandato nadie osaría ni siquiera
asomarse por la ventana, ni aun menos aventurarse al exterior. Lo cierto es que,
pese al mandato de reclusión, los distintos recintos de la urbe a penas y contenían el
gigantesco hervidero de pasiones que en realidad dominaba el ánimo de todos sus
habitantes.
Jayyám
no pudo resistir la tentación de reanudar sus citas con el cielo nocturno y de consentir
otra de sus revelaciones. Sentado en su gran diwan, el poeta de los emires
se vio atraído por la presencia tímida de un lucero que se asomaba por la
buhardilla de su estudio. Él, que siempre fue osado contra la autoridad, abrió
una de las ventanas y tomó asiento en el alfeizar para poder observar mejor
aquel espectáculo celeste al que estaba acostumbrado. Desde ahí, escuchó el
canto del almuédano convocar a todos para la última oración del día; sin
embargo, él, que siempre desconfió en secreto de la Ley divina, no contento con
el sucedáneo de la ventana, se dispuso a salir a la azotea de una vez por todas,
convencido en esta ocasión por la visión de una luna llena.
Esa
noche, situado en la azotea donde antaño solía llegar el rumor de Samarcanda, señoreaba en el ambiente una calma primigenia. En la tibieza de esa noche
primaveral, los ojos de Omar se llenaron de luna y quedaron vacíos sus
lagrimales. Esta vez no escucho nada, nada escribió, ni una palabra, no vio en
su alma la forma geométrica de una figura o trazó en ella la elipse de un
planeta. Tan solo un sudor frio le corrió por el cuerpo todo, y con la
velocidad de un rayo quedó tatuada en su alma una verdad expresa. De pronto, con
la sola contemplación de aquella luna de Ramadán, lo había entendido todo.
A
partir de ese instante, Omar Jayyám dejó de ansiar cualquier tipo de epifanía o
de curiosidad, diríase que llego a despreciarlas, le aburrían. Y a pesar de que
nunca dejó de escribir, el tono de su Rubáiyát, la más bella flor de Oriente,
cambió por completo. Ahora, en el ocaso del astro cantaba: “El pasado es un
cadáver que debes sepultar” o “Vuelca tu copa y quede para siempre vacía”.
Entonces, vagó solo en el aire místico de la noche. Es cierto, comenzó a
visitar con frecuencia una que otra taberna, lo mismo que amó a hermosas
mujeres; pero, ahora, alejado cualquier estudio o cuestionamiento, de tanto en
tanto, contemplaba en perfecto silencio a las estrellas.
En
verdad, le parecía que no había nada para decir, nada qué escrutar o qué reclamarle
a los astros. Meditaba para sí que quizá nunca lo hubo, ni lo habrá. ¡Qué reine el silencio! Así
sea —dijo él. Esa noche, nadie advirtió su presencia.
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