Persona como Prisma: sobre entes Basálticos y sentencias ópticas
Persona como Prisma: sobre entes Basálticos y sentencias ópticas
Por Xavier Angeles Venegas
Para cuando las autoridades acudieron al recinto, la tempestuosa lluvia estival había ya borrado los hilos de sangre sobre el desfiladero, que momentos antes enmarcaban el cadáver con destellos sanguíneos indicando su aletargado lecho. El cuerpo de Julián Corberò yacía inerte sobre las curiosas formaciones rocosas, parecía pausado del tiempo, a medio camino en caída libre hasta el fondo de la agrietada tierra, como una herida abierta.
Habían cercado completamente el atractivo turístico, se apresuraban a fotografiar al Sr. Corberò y a tomar evidencias cuando algunos tenues rayos de sol, perforaron la densidad de las nubes y pude ver un reflejo en su dedo anular, que antes había pasado inadvertido, por la postura de la mano cerrada, casi a la altura de su rostro. Casado, supuse, —¿un crimen pasional? Dije para mis adentros.— La policía se esforzaba por categorizarlo como un suicidio, pero algo en la forma en la que el cuerpo parecía arrojado sobre las piedras me hacían creer que se trataba de un altar.
Cuando era sólo un niño, años atrás, más de lo que me gustaría recordar, mi padre me habló sobre lo que él consideraba una verdad fundamental: el deber de un hombre, él dijo “Existen tres tipos de hombres en el mundo. Los que saben lo que quieren y no les importa pisotear o pasar encima de los demás. Los que son demasiado cobardes para intentarlo y los que no tienen la más remota idea de quiénes son.” No creo que mi padre haya sido una mala persona, él simplemente fue un subproducto de su tiempo, y yo me convertí en detective tras el tercer aniversario de su muerte, en aras de probar que se equivocaba.
No hace mucho tiempo atrás, en ciertas regiones del planeta, aparecieron unas columnas geométricas de basalto, que se formaron por la combinación de dos elementos imprescindibles: erupciones volcánicas y corrientes de agua fría. Al enfriarse la ardiente lava dio origen a estas bellas esculturas cuyas figuras geométricas las hacían parecer una escena de un planeta alienígena, que de alguna manera, concordaba bastante con el homicidio del Sr. Corberò.
El testimonio de Débora Corberò, la nueva viuda, no ayudó lo suficiente para rastrear los pasos de su difunto esposo. Ella aseguraba que llevaba un par de días sin tener noticias de él, le había avisado que tenía una junta importante para unos novedosos y lucrativos negocios en la región, que evidentemente no llegaron a concretizarse, debido a que Julián nunca se presentó. La Sra. Corberò parecía ansiosa por terminar el papeleo y continuar con su vida.
En el despacho de Julián tampoco parecía haber mucho que revisar, el de cujus parecía llevar una vida de lo más ordinaria. Casado de varios años, con negocios importantes, quizá lo más significativo sería que a pesar de los años de convivencia y de tener amistades con matrimonios con hijos, la pareja nunca había tenido planes para agrandar la familia, y la Sra. Débora parecía lamentarse por esa situación en particular.
Me levanté del sillón y caminé hacia la puerta de la entrada, pero me detuve cerca del fonógrafo. Todo parecía estar en orden, papeles, documentos, impresiones, incluso en los cuadros y las lámparas sobre las paredes, la pulcritud ennaltecía el recinto como un nicho sagrado, que resaltaba de su casa, y su vida en pareja. —¿Por qué?, ¿Por qué una persona tendría más orden en su espacio de trabajo que en su vida personal?—
Avancé, con resignación y desvié la mirada sobre la alfombra, mirando una pequeña hoja de papel atorada bajo el mueble, un pedazo de pergamino blanco. Me agaché, y en esa perspectiva me percaté del espacio que había entre el fonógrafo y el mueble. Y al moverlo encima del escritorio encontré un centenar de cartas abiertas con la misma despedida —con amor, Schumann. Eran cartas románticas, de un amorío muy pasional. Uno que contrastaba abismalmente con el de la Sra. Corberò.
Semanas después de mi insistencia, Schumann accedió a verme. Me citó en un lugar cerca del puerto, a punto de anochecer. La marea fría amenazaba con cubrir la ciudad, y la luna parecía concedernos la importancia de nuestro encuentro clandestino. Después de rogarme que mantuviera su identidad oculta todo encajó, súbitamente. Una verdad que jamás habría advertido, una certeza que debía mantenerse entre las sombras.
Schumann me reveló todas las aberturas que la historia de la Sra. Corberò presentaba. Shumann amaba al Sr. Corberò como nadie lo hizo, pero nunca pudo estar con él, aunque quisieran. Me reveló que los pseudónimos Schumann-Brahms, eran un juego peculiar entre ellos, que referenciaba al compositor y su amante. Tanto Schumann, como el Sr. y la Sra. Corberò eran reflejo de su tiempo, igual que mi padre. Aunque me juré, que jamás descansaría hasta dar con el culpable, aquel que había arrojado a Julian sobre los prismas.
Meses después, con el caso archivado, unos tragos encima y en medio del invierno, me dirigí a los Prismas Basálticos una última vez, tenía que descubrir aquellos detalles que no había visto, algo, cualquier pista que me llevara a desenmascarar al asesino. Bajé por las escaleras hasta el fondo. Recorrí el camino una y otra vez, hasta detenerme en el lugar que el cadáver ocupó. Desesperado intenté asirme a las estructuras rocosas con la intención de escalar, pero mis zapatos resbalaron con el agua nieve y caí perdiéndome en la espesa oscuridad.
—Marc, ¡despierta!— La voz de mi padre parecía envolverme. Quería quedarme en ese lugar. En la calidez del espacio, en la reconfortante esperanza. —Marc, ¿Lo escuchas?—
—¿Escuchar qué?— Inquirí, pero no me contestó. Traté de concentrarme en el sonido externo, me sentía en una clase de ensoñación, mientras las imágenes se pintaban frente a mis ojos, alguien lloraba, al filo del barranco, sollozaba pero había un tono no sólo de ausencia, parecía de… culpa. ¿Quién era aquel desconocido? ¿O era una mujer?
Desperté desorientado, con la ropa húmeda. Me sacudí el polvo y miré hacia arriba tras el recuerdo de la mujer que lloraba al filo del barranco. —¿Fue un sueño?— Y me quedé unos instantes mirando la línea del sol descender, hasta que un color discordante llamó mi atención entre dos prismas tallados. Era un brazalete de oro, con las iniciales D.C.
Años después de que apresara a la Sra. Débora, en mí despacho, la historia de la viuda asesina, del Sr. Corberò y Shumann, llegó a mi cabeza. El amor no les alcanzó para luchar contra los obstáculos. El amor idealizado no los dejó ver que un aliado se podría convertir en un enemigo. Confiaron en la persona equivocada, el matrimonio Corberò había sido un mero contrato para asegurar su fortuna. A ojos de la gente, eran la pareja perfecta, pero no había amor, no había más que un pacto…
No he podido olvidar las palabras de Shumann: “Las personas son como prismas, tienen caras que muestran dependiendo de la situación, de la gente que conozcan. Facetas que abarcan lo bueno, lo malo, lo verdadero y lo desconocido.” Y no he podido dejar de pensar en ello, padre, Shumann estaba en lo cierto. Nunca llegaremos a conocer a alguien perfectamente, porque existe cierto misticismo en la manera en la que se nos presentan. Y esas caras que nos dan la pauta, de ellos dependen entonces, los juicios verdaderos y de los ojos que los miran.
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