Toda una vida
Toda una vida
Crecer implica construir una historia,
pero también compartirla. Esta eran algunas de los sabios consejos que mi
bisabuela pasaría a oídos de mi madre y que más tarde me transmitiría al
limpiar frijoles una mañana. Nunca creí que aquellas palabras emergerían entre
mis recuerdos al leer la frase: “Los lugares sagrados nos permiten vivir una
historia de todos en primera persona”. Recordé las anécdotas familiares acerca
del laurel del fondo de la casa en la que habían crecido mis familiares y que
marcaron una pauta en la vida de mi bisabuela, mi abuela, mi madre y en la mía.
Comprendí que una parte de las historias que contaban también era mía, después
de un tiempo las memoricé al derecho y al revés y eso me hacía ilusión de
considerarlas propias, pero también caí en la cuenta de que ese árbol que
significaba tanto para otros se había transfigurado para llenarse de sentido
para mí.
Aquel árbol se había convertido en el
inicio de una vida en la ciudad para mi bisabuela después de una corta vida en
la quietud de la ruralidad. Después, se volvió el patio de juegos de mi abuela
y sus hermanos que entre unas cuantas risas, gritos, caídas y raspones lo
habían visto crecer y florecer. Cuando mi madre nació, aquel laurel con sus
anchos brazos se convertiría en el abrazo de las tardes de su juventud. Muchas
décadas después este peculiar árbol pasaría a ser no sólo un recuerdo de mi
bisabuela y su historia, sino también sería el lugar en el que aprendí a calmar
mis inquietudes y a llenar el alma y la mente de historias.
A ciencia cierta no recuerdo cuántas veces
me senté a las faldas de ese enorme árbol a descansar. Tampoco de lo mucho que
intenté conservar sus flores, y que por cierto resultó todo un desastre, porque
las manos impregnadas de amargor dejaban un sabor desagradable en las tortillas
de la comida que terminaba por asquearme. Desde ese momento aprendí que aunque
las cosas fuesen hermosas no siempre podría conservarlas, que aunque yo las
asimilara como propias también eran de otros.
Aquel laurel que contaban tantas historias
de mi pasado y del pasado de muchos otros me recordó a mis escasas clases de
historia y también a un ensayo que recientemente había leído en algún lugar. En
el cual puntualizaba acerca de lo mucho que se dice acerca de la historia
escrita por los vencedores, pero poco se entiende que la historia es de todos,
de aquellos que la indagan, que la reescriben, que la comprenden. Entonces la
frase que al inicio me recordó a los consejos de mi bisabuela tomó más sentido.
No se trataba sólo de la historia del árbol de la casa que algún día había sido
hogar de niños, adultos, sueños e ideas, se trataba también de los lugares
conocidos y desconocidos que embargan la historia de una familia, de un lugar,
o bien, de un país.
El laurel repleto de historias de diferentes
generaciones en mi familia para muchos podría ser una banalidad, sin embargo,
el callejón por el que habría pasado una figura importante durante la revolución
sería un lugar lleno de historia. Esa historia también me pertenece y no es más
o menos valiosa que la historia del hogar de mi madre. Al final, el significado
de ambas se ha deformado para resignificarse desde mi persona. No tengo suficientes
vivencias, tampoco datos recabados pero la sabiduría de mi bisabuela, las
historias no contadas por mi abuela, las anécdotas de mi madre y el laurel del
fondo de la casa, hogar de la familia materna de mi madre, me ayudó a
comprender que la historia que cuentan las calles, iglesias, ciudades o
cualquier lugar en el planeta es tan mía como de otros, que la historia se
construye y se comparte.
María Guadalupe Jiménez
Galván
Qué interesante. Me gustó mucho la sensación anecdótica que transmite tu texto. "Desde ese momento aprendí que aunque las cosas fuesen hermosas no siempre podría conservarlas, que aunque yo las asimilara como propias también eran de otros". Esta parte me estrujó el corazón por sus implicaciones. Creo que lo interesante de la anécdota y lo sentí en tu texto, es que apela a la memoria propia, como si uno buscará implicaciones en cada recuerdo.
ResponderEliminarLa conclusión fue orgánica, creo que dejó el texto terminado, pero a su vez, recapituló lo contado.bse sintió como un todo.
Espero leerte nuevamente:3