Todo es sagrado, y por lo tanto, nada lo es también.

Todo uno y sin embargo, ninguno, cualquiera pero ninguno. Son claros y oscuros, pero sin matices obtusos. Entró en ellas, y las observo con escrúpulo, no se nada real acerca de estos lugares, sin embargo, ya los he visto con el oído. Salen de la gente con murmullos, y las paredes donde los escucho retumban. Se hacen hervir ante los párvulos que los ignoran, pues no conocen…aún.


Las paredes siempre son grandes con grietas iguales a las arrugas de los ancianos. Con bloques de granito pesados como la escritura que simula a las golondrinas. El acero que sostiene a las farolas con ángulos rectos y surcos con el final como las colas de los gatos. Puertas enormes como el ego del hombre, vanidosas como el auge de los humanos. Apenas me estoy acercando y ya se donde estoy, pero nadie aquí nos pertenece, y yo ya soy uno de sus mozos.

Paso e irrumpo por la gran entrada, casi llegando a celestial. Apenas pongo un pie en el mosaico albo y reluciente, y las tapias del eco de mis pasos ya me quitan el espacio. La atmósfera se vuelve blanca, y la gente abre los ojos más grande, para admirar el tono ámbar que entra y juega en la bóveda del santuario. Las vidrieras son las escenas vivas del libro de aventuras más importante de la historia.

La gente parece somnífera, de repente a nadie le importa que no lo estén escuchando. Solo un hombre importa ya, lo que los políticos y científicos no logran en años, este señor lo hace cada 7 días. Las ancianas nos van callando con su sonido serpentino y gestos harpocráticos. Los críos nos tenemos que empezar a sentar con pensamientos de fuga. El hombre aún no habla, pero, un minuto aquí ya son dos horas afuera.

El silencio replicado por el eco, se quiebra y la escolanía se oye como si fueran cientos. !Aleluya¡... !Aleluya¡ la palabra por sí misma ya es divina y nos hace querer seguirla. Todos nos estamos dopando del señor, aquí los problemas parecen resolverse y las lagrimas solo son por la felicidad. Nadie hace preguntas, no las necesitan.

El mundo es tan pequeño acá, que no se ven continentes, solo hay pueblos. No existen los países, las fronteras desaparecen y lo que nos divide no son las diferencias, sino las historias. Pero, el rito ya acabó, los hombres de dios, los que controlan la entrada al reino de los cielos, y por lo tanto, manejan el infierno en tierra, ya no tienen tiempo. Pues una vez salimos, olvidamos ya lo sagrado, pues la historia nos reclama, y lo que es amor en las grietas, es fuego en las calles.


“Los lugares sagrados nos permiten vivir una historia de todos en primera persona”.

Luis Garcia Montero

Howard Salas Silva.


Comentarios

  1. Tengo que analizar lo que está ocurriendo aquí. Desde el inicio es tan intrigante: "Todo uno y sin embargo, ninguno, cualquiera pero ninguno". Me parece osado, pero muy funcional: "Cualquiera pero ninguno".

    "ya los he visto con el oído", es interesante, me gusta esta dotación de los sentidos, que se entrecruzan con lo normal y onírico. Me dio una sensación de surrealismo al entrar a una catedral o lugar de adoración a un Dios.

    ¡Qué imágenes!, Te citaría varias pero mi comentario sería excesivamente largo. Esta idea de las vidrieras, de ver lo que hay afuera parece invitar a ser un mero espectador.

    Que intrigante, lo leeré nuevamente. Puedo decirte que me encantó, espero leer otro texto tuyo :3

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