VOLVER
Para hablar de los lugares sagrados, habrá que
reconocer que su principal característica—de la que casi nadie habla—es que a
menudo son olvidados. Muy pocas veces recuerdo su importancia, mucho menos de
las que me parece justo, para ser exacta. Tal vez no a todos les ocurre, y hay
quienes, si veneran estos espacios, pero es costumbre muy propia el olvidar. La
duda que me inquieta es ¿Por qué olvidamos aquellos rincones en los que se
esconde la paz, aquellos en los que podemos vernos a nosotros mismos como protagonistas
de nuestra historia y que nos atrevemos a nombrar con el adjetivo de sagrados?
Quizá se trata de una fuerza superior que nos mantiene alejados de ellos para
que siempre podamos volver con sed renovada. Volver con deseos de encontrar ese
alivio que me trae el recurrir a mis sitios más especiales; a los que acudo
siempre en busca de un respiro para el alma.
Una
nueva experiencia tiene que confrontarnos para aprender lecciones. Lo
inesperado nos hace abrir los ojos ante elementos claramente visibles que nunca
habíamos sido capaces de vislumbrar. Después de más de seis meses viviendo en
el mismo lugar llegué una noche a mi casa, como de costumbre, después de
terminar mi jornada con las piernas y la mente adoloridas en busca de un lugar
para descansar. Pero esta noche tenía un gusto distinto, apenas cruzar el
umbral de la puerta, al contemplar las figuras y luces que adornan cada una de
sus paredes, fui consciente de que estaba recopilando mis últimas memorias
entre sus muros, contando mis últimos días en ese pueblo remoto que tanto me
había enseñado. Fue así como ent6endí lo mucho que había olvidado qué tan feliz
se puede ser en los lugares que adoptamos nuestros.
Las cosas eran las mismas y estaban colocadas
en los mismos sitios de siempre, pero pude verlas otra vez con el brillo
particular de quien mira con amor. Pude recordar las maravillas que se
escondían detrás de sus murales de vidrio y de las pláticas eternamente
cariñosas y humanas que se viven entre sus paredes. Al visitar mi cuarto me
contemplé habitando en todos los espacios. Siendo una versión distinta de mí
misma. En el sillón me vi peleando mis peores batallas con lágrimas en los
ojos, y finalmente creciendo. Sobre la cama me encontré riendo ante las
ocurrencias de Millas. En el piso formaba estrellas con mi cuerpo y me dejaba
fluir al ritmo de la música. Me encontré con todas las Marianas que habían
habitado ese espacio; con todas las versiones de mí misma que habían transitado
y cambiado hasta encontrarme como soy ahora. Parada frente al espejo, respondí
las preguntas que apenas comenzaba a plantearme. Reconociendo que los lugares
realmente sagrados son esos en donde podemos encontrarnos a nosotros mismos;
que algún recuerdo de nuestra existencia se ha quedado impregnado por ahí.
Pensaba
mucho en los lugares sagrados porque sabía que tenía que escribir sobre ellos.
Los buscaba en las iglesias del pueblo, y en los callejones llenos de historias
ajenas. No podía detenerme a entender que son esos sitios a los que acudimos
regularmente y en los cuales protagonizamos una historia propia. Aunque los
tuviera frente a frente, y durmiera todas las noches habitándolo no podía
verlo. No lograba entender lo sagrado que hay detrás de sentirse a salvo,
protegidos de todos y de todo. De ahí surge mi gran duda ¿Por qué olvidar lo
que nos salva del mundo exterior? ¿Por qué olvidar a esos lugares a los que
corremos en resguardo del dolor que hay afuera?
Probablemente
no hay una explicación precisa, pero me gusta jugar con las hipótesis y las
teorías. Es mejor imaginar que hay unas manos que juegan con los hilos de la
memoria y la percepción y nos hacen olvidar lo más valioso que tenemos.
Perderlo para encontrarlo. Como en un juego eterno, volver una y otra vez con
deseos renovados de esconderse entre los rincones de donde emana la paz.
Encontrar como una serendipia al recuerdo de los lugares que más felices nos
han hecho y que siempre han estado ahí; solo era cuestión de verlos. A veces,
cuando la historia se torna un poco más sombría, uno termina por recuperar la
mirada cuando estos lugares se ven amenazados, cuando se sabe que se está a
punto de perderlos. Un cambio repentino ayuda a vislumbrarlos. Solo queda
esperar que no se noten demasiado tarde; porque en ocasiones como esta no queda
más que agradecer y despedirse.
Lilia Mariana Pacheco Llamas
Tu texto me pareció una reflexión muy linda. El mundo establece qué lugares son sagrados, pero lo que es sagrado para unos no lo es para otros. Otorgar el adjetivo de "sagrado" a un lugar tiene que ver con la intimidad, con cómo uno se relaciona con ese lugar. Creo que tu texto invita a uno a abrir los ojos y valorar lo que se tiene, antes de perderlo. Me gusta mucho cómo escribes, Mar. :)
ResponderEliminar